Transgresión y normalización en la narrativa Argentina contemporánea [1970] — By Aldana Muñoz

La historia de la literatura podría concebirse hoy como el registro del ritmo según el cual la transgresiones a las formas y estilos que alcanzan prestigio en un ámbito cultural se convierten, a su vez, en actitudes prestigiosas, en rebeliones institucionalizadas ya sin ímpetu para crear mundos nuevos, o siquiera para nombrar y de cifrar el mundo en que vivimos. Tal proceso ya no es sorprendente: los ataques contra las pautas del pasado se codifican en convenciones aceptadas en escándalo por un público aficionado las audacias del escritor, pero que no ve en esas un genuino afán crítico, una exhortación a revisar las nociones corrientes acerca de lo que llamamos realidad y lo que llamamos arte y, sobre todo, acerca de las fronteras —siempre ambiguas y fluctuantes—que a la vez deslindan y comunican ambas zonas. La novedad, o más bien la aspiración a la novedad, se impone con un valor per se.
La burguesía argentina asimila imperturbable unas obras agresivas, deliberadamente enigmáticas, pero erizadas de halagos y trampas sonrientes, qué las editoriales publican en tiradas cada vez mayores y las revistas de circulación masiva comentan con estusiasmo y vocabulario seudotécnico.

Lejos de sentirse agredida por unas experiencias que parecen cuestionar todo cuánto da por sentado, la masa de lectores las de luces en una costumbre. La literatura rebelde está ahora al alcance de su mano y le ofrece lo que aún faltaba en su mercado: el confort intelectual. Empleando el término en el doble sentido de «bienestar» y de «alivio»: al fin quedan abiertas las puertas, revelados los misterios de los laboratorios donde trabaja ese ser marginal, hice agitador clandestino que es el intelectual, el escritor de vanguardia. La sociedad se regocija ante el vasto campo cultural puesto a su alcance y no lo ve como una incitación a la duda sino, al contrario, como una reafirmación de la autoridad que le permite reducir la agresión a ornamento: la lectura de lo insólito es un medio para evitar la invasión del insólito en las uniformes vidas cotidianas. El aplauso a la transgresión hace de la ruptura un simulacro. Y la ruptura de la historia se vuelve historia de la ruptura, porque las consecuencias mismas de cada ruptura se aíslan dentro de límites estrictos que no rebasan el producto cultural y ofensivo y suntuoso.
Ilusión de libertad, reiterada en agresiones que se anula como puro espectáculo, cómo entertainment o a lo sumo como un campo de investigación para estudiosos desapasionados, siempre codiciosos de complejidades qué autoricen su exégesis. Pensemos en las versiones actuales de la estación surrealista (la primera, verdadera transgresión que a principios de nuestro siglo sacudió los cañones éticos y estéticos del siglo anterior). Pensemos en la complacencia con que el público burgués festeja los desacatos del pop art: bulliciosa travesura que so pretexto de imponer un anti arte que simbolice el repudio a la hipocresía contemporánea, busca la recompensa de una sociedad ansiosa Por gratificar cuánto rebaje a parodia de transgresión los ataques contra los tabúes que protegen su modo de vida. La vanguardia se pierde en la historia, en una tradición que acumula vertiginosamente, novedades condenadas a envejecer no bien irrumpen en la escena. «El arte desciende, pues, al nivel de las masas— dice Eduardo Sanguinetti—, pero de este baño saludable de rugosa realidad, de estimulante concreción, es inmediatamente catapultado al elevado e inofensivo Olimpo de los clásicos […]»el alto burgués que mientras puede regula los precios y dirige el consumo, sabe muy bien lo que compra y, como a todo el mundo le consta, no se asusta ante nada. Como sabe que cada cosa tiene su precio, y se trata de saber gastar la cifra exacta, asimismo sabe que todo producto artístico, antes o después de hallar su propio museo.

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