Cuento Selk’nam: Osheltén, el mago.

Osheltén era un hechicero famoso, no sólo entre los suyos, sino también entre todas las tribus de Oneisin. Su fama, que los años no hacían más que acrecentar, lo representaba como un ser verdaderamente excepcional. En cierta ocasión le pidieron que mostrase algún espíritu de los que le infundían tan raros poderes, y con la mayor tranquilidad se acercó al fuego y, tras haber recitado algunas fórmulas, se sacó del pecho una especie de torcaza que volvió a tragarse antes de que las gentes se repusieran del asombro. Este y otros prodigios lo hicieron célebre, y no hubo día que no llegase algún hombre a su Kaowe, muchos desde alejadas tolderías, pidiéndole consejos y exorcismos.

La tribu entera lo colmaba de honores y regalos, y Osheltén se daba buena maña para merecer y acrecentar tales ofrendas. Era frecuente encontrarlo con la cara pintada de amarillo, lo cual indicaba que estaba malhumorado; entonces los creyentes corrían a desenojarlo, con pieles y abalorios. En su interior, Osheltén no creía en sus artes salvadoras, pero vivía bien, era respetado y temido, y por nada del mundo revelaría la verdad que se ocultaba bajo tales simulaciones. 

Su padre, que también había sido un renombrado johon, lo inició sabiamente en el engaño, y a sus elecciones había añadido Osheltén destreza, sagacidad, picardía y un conocimiento de los hombres no por intuitivo menos profundo. En cierta ocasión comenzó a llover, y lloviendo se habían pasado ya muchos días; asustadas, las gentes corrieron a pedirle que hiciese amainar el temporal. 

– No, no; es necesario que llueva mucho más- le dijo.

Y cuando al anochecer observó que cambiaba el viento y que iba a escampar el turbión, convocó a la tribu para el rito adecuado. Viejos y mozos pusieron brasas en las puntas de sus flechas y dispararon contra las nubes innumerables saetazos. La noche se rayó de portentosa lucería; un haz gigantesco de fuegos sagrados trazó sobre las sombras maciza una amplia cúpula luminosa 

A la mañana siguiente brilló un sol espléndido y, naturalmente, todos quedaron convencidos de que el cambio se debía al poder sobrenatural del hechicero. Ante este nuevo milagro se acrecentaron el asombro de los habitantes de la toldería y la mágica fama de Osheltén. 

A pesar de tan provechosos halagos, su único hijo, su Minikol tan querido, se resistía a continuar lo que ya era una tradición de familia, y cuando el anciano, mostrándole el blanco cohel, distintivo de su arte mágico, lo instaba a sucederlo en sus prácticas, respondía siempre con invariable negativa:

–  No, yi haim, prefiero irme a vivir con los blancos. 

– Algún día tendrás pesar por habernos abandonado. 

Pero nada temía Minikiol. Por el contrario, a este anuncio pesimista contestaba: 

– ¿Te acuerdas de aquella carreta que corría sin caballos y que una vez nos cruzó en el camino casi sin dejarnos tiempo para verla? Yo quiero tener una carreta así. ¿Te acuerdas de aquella piragua de hierro que avanzaba sin remos ni velas, y tan grande que podía llevar mar adentro a toda una tribu? Yo quiero navegar en una piragua así. ¿Te acuerdas de aquel extranjero que mataba a los pájaros con un arpón de fuego que a todos nos dejó asustados? Pues un día, yi haim, yo quiero traerte de regalo muchas cosas así. 

– Ante tu terquedad, yi laal, nada puedo hacer. Por tu edad, ya eres dueño de tus actos. Vete; pero, al menos, parte mirándonos para que no olvides el camino por el que has de volver a Oneisin. 

Y Minikol partió.

Durante cuatro o cinco años nada se supo de él. Ya era hombre cuando volvió a la toldería. Nadie lo hubiese reconocido. Pálido, macilento, las fuerzas lo habían abandonado. Ya no podía luchar como lo hiciera en su niñez, ya no podía resistir las largas jornadas de cacería, ya no podía cargar sobre su hombros el peso de un leño que animara su fuego. Sus ojos brillaban, pero su brillo no era vivo y relampagueante como en tiempos pasados, sino lánguido y lacrimoso; sus palabras eran sonoras y varoniles, pero las entrecortaba una tos seca y persistente. A la tarde, cuando el sol se ponía, era mayor su desánimo, y por las noches le acometían y sacudían fiebres y delirios atroces. Por su caldeada imaginación pasaban, en confuso desfile, agudos tañidos de campanas, estridentes silbidos de sirenas, zumbidos de motores, y el desprecio del uno y el desdén de la otra, y la curiosidad de este y la burla de aquél. La ciudad blanca, que en sus ilusiones había visto rica y atrayente, se le aparecía, en estos instantes, como una pesadilla de tormento y fracaso. 

En los primeros tiempos de su enfermedad, todos se desvivían por atenderlo. Para él los cazadores se arriesgaban, las mujeres estaqueaban los cueros más finos y los niños recogían los calafates más jugosos y las sabrosas murtillas. 

Pero llegó un día en que todos comprendieron la inutilidad de sus cuidados: la vida huía de él y ya la muerte aleteaba impaciente alrededor de su lecho. Entonces, según costumbres ancestrales que no podían quebrantarse, se reunieron los principales de la tribu, y ante la imposibilidad de salvarlo, resolvieron dejarlo abandonado. Su larga enfermedad podía traer maleficio sobre la gran familia; y, además, ¿para qué tanto desvelos y cuidados si la salvación era imposible y aún podía evitarse el embrujo? Todos desfilaron diciéndole si adiós; reaviváronle el fuego, pusieron a su cabecera agua pura y carne fresca, y se fueron dejándole solo, absolutamente solo, a fin de que la muerte pudiese entrar libremente en el desamparado kaowe.

La caravana se puso en marcha y caminó muchas horas, tratando de encontrar en la llanura inhóspita un lugar donde establecer nuevamente la toldería.

Dos sentimientos chocaban en el corazón de Osheltén: someterse a la costumbre despiadada de abandonar al incurable, costumbre que era el más obligado a respetar, o volver al pie de la yacija donde agonizaba, en espantosa soledad, el ser para el más querido. Los impulsos naturales pasaron más que los preceptos de la tribu, y una noche, cuando todos dormían y estuvo seguro de que nadie podría descubrir su claudicación, se fue en busca del hijo moribundo con el propósito de estar de vuelta antes de que rompiesen las primeras luces del alba. 

Nada más doloroso que este encuentro. Cuando el anciano llegó al enfermo, comprendió que el fin era inminente. Los ojo de Minkiol empezaban a perderse en la sombra final; sus manos traslúcidas se alargaban por los caminos huesudos de los dedos; sus labios agrietados se entreabrían en una mueca de desengaño; por su frente resbalaban gotas de sudor helado, roció de un amanecer que ya se abría hacia otro mundo. 

– ¡Minkiol!… 

Al reconocer la voz, el hijo se reanima, mira honda y fijamente al anciano, y con voz entrecortada le agradece:

– Padre, yo sabía que habrías de volver, que tu no podías abandonarme así.

Yi laal, ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no escuchaste mis consejos y súplicas? Si los robles más fuertes de nuestros bosques fuesen trasplantados lejos de nuestra tierra, de nuestra nieve y de nuestro viento, se morirían; si los peces de nuestros ríos helados fuesen llevados a los mares calientes, donde las aguas bullen noche y día, se morirían; si se llevasen las florecillas de nuestras praderas, que nosotros tanto amamos, para adorno de otros campos, aún siendo más fértiles y cuidados, se morirían.

– Ya lo sé, pero es demasiado tarde; son lecciones que se aprenden cuando ya no sirve para nada. El camino me llevó muy lejos, y ya no tengo tiempo de regresar. 

– Muy lejos de nosotros y de ti mismo, Minikiol. 

– ¡Ya no tengo tiempo de regar!… Pero por este remordimiento mío, por esta comprensión de mi culpa, por esta penitencia de mi falta, padre, por favor, ¡sálvame!

– ¿Yo?…

– Tú que diste luz a los ojos de los ciegos para que viesen estas lejanías que yo no veré más, tú que abriste los oídos de los sordos para que escuchasen el rumor de las selvas y las olas, tú que moviste las piernas de los tullidos para que danzasen el baile de las fiestas; tú que llenaste de palabras la boca de los mudos para que pudiesen proclamar la pena y el gozo; tú que dirigiste la flecha a los cazadores, y devolviste la fe a los enamorados, y contuviste el poder de los enemigos; tú que hiciste cesar las tormentas y anticipaste el sol de la primavera, yi haim, ¡sálvame!

– ¡Yo! – volvió a exclamar el padre. 

-Y por su mente desfilaron todos los embustes que habían cimentado su fama. El sabía que las fórmulas mágicas eran palabras huecas, sin sentido; que los animales que expulsaba del cuerpo de los enfermos eran montones de plumas que llevaba hábilmente disimulado en la mano; que cuando detenía las tormentas era porque antes había observado el cambio de los vientos. Osheltén era un pobre prestidigitador, y en esa hora trágica, frente a la agonía del hijo, el engaño no era ya posible y tenía que confesar la gran mentira de su arte, la farsa de su vida. ¿Pero no sería mejor mantener la ilusión de Minkiol, confirmarlo en la certeza de que su padre había sido un hombre superior, un ser excepcional, un mago extraordinario? Decirle la verdad sería dejar caer sobre su alma una mayor amargura. ¿Y si aún, a pesar de su declaración, no le creyese y atribuyera su negativa al deseo de abandonarlo a su suerte?… 

Todas estas preguntas machacaron velozmente en el cerebro de Oshelten, y al fin se resolvió. Era preciso mitigar la irremediable agonía y consolar los premios filiales con una nueva farsa. Y paso a paso reprodujo la comedia con que tantas veces había abusado de la ingenuidad de la tribu, pero ahora con un acento tan marcado en los ensalmos, con una certeza tan firme en los gestos, que Mankiol, iba reviviendo a medida que se sucedían las escenas. 

Y el hijo sanó. 

Toda la tribu proclamó a Osheltén el mejor hechicero de Oneisin, y el johon, que en varias ocasiones estuviera tentado a revelar la falsía de sus poderes, pensó que era mejor mantener en pie la leyenda. Y desde entonces volvió a sus prácticas con fervor redoblado, covencido de que muchas veces en la vida de los hombres se abre una sima profunda que sólo puede llenarse con la imaginación 

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