Balas Perdidas -10 by Lucas Corso

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Balart aparcó en una calle contigua a la suya y caminó hacia el portal observando la luna llena en el cielo, recordando aquello último que le había gritado Valdemar desde su despacho. Cuidado, sí, pero a saber con qué… A pesar del frío de los últimos días, la temperatura aquella noche era relativamente agradable, y aún con todo el cansancio que había acumulado a lo largo del día, Balart sintió que podría seguir caminando indefinidamente. No obstante, las luces del portal y la idea de una última taza de café antes de meterse en la cama se le antojaron irresistibles, por lo que finalmente desistió y subió a su apartamento. Una vez en el ascensor, meditó acerca de si necesitaría tomar alguna precaución que fuese más allá de cerrar la puerta con llave antes de irse a dormir. ¿Volvería alguien a entrar? ¿Y a qué? Ya no tenía nada que pudiera ser de interés, a no ser que decidieran darle pasaporte a él también, lo cual le pareció que era una manera de proceder algo excesiva. Él no tenía ningún parentesco ni nada que ver con la familia Kessler, por lo que no sabía a santo de qué iba a tener que sucederle nada más. Sin embargo, decidió que tampoco estaría de más mover el sofá hasta colocarlo contra la puerta. En cuanto a las ventanas, con bajar las persianas sería suficiente.

—De todos modos esta historia va de hombres lobo, no de vampiros… — murmuró mientras salía del ascensor.

Y no obstante, lo que nunca habría esperado era que si aquella noche iba a dormir tranquilo no iba a ser por todas las precauciones que acabase tomando, sino porque así se lo dejaron por escrito. Ya en el pasillo frente a su apartamento, observó que en la puerta había un sobre enganchado con cinta adhesiva. Balart, inmóvil sobre el felpudo, dio unos pasos atrás y miró a un lado y a otro. Después acechó el hueco de la escalera. Todo estaba tranquilo. Parecía evidente que quien había puesto eso ahí ya se había marchado. O quizá lo estaba esperando dentro. Su cerebro no elaboró ninguna metáfora en esa ocasión, dejándolo completamente solo ante el peligro y la duda. Entendemos que al lector le pueda parecer exagerado el que dotemos a un sobre con el calificativo de peligroso, y que a nuestro protagonista le asalten las dudas acerca de qué hacer, como si de ese sobre fuese a salirle el demonio en persona para llevárselo o le fuese a explotar en las manos antes de mirar siquiera el remitente, pero entienda ese lector que este es un hombre en horas bajas, aquejado por el cansancio de un día más largo de lo que a nosotros nos ha podido parecer, y para el que de repente el tren que parecía haber perdido se le ha plantado delante rugiendo furiosamente y no dándole más alternativa que la de súbete o quítate de en medio. Vamos, un papelón. Sin embargo, haciendo acoplo de valor y reuniendo las fuerzas que todavía le quedaban, Balart se acercó nuevamente a la puerta de su casa para, con gesto decidido, arrancar el sobre y abrirlo. Al no estallarle en las narices ni asomar Pedro Botero siquiera los cuernos, lo único que salió de ese sobre fue un papelito en el que pudo leer:

Siento lo de este mediodía, no fue mi intención comportarme de esa forma tan grosera. Duerme tranquilo esta noche, mañana hay mucho que hacer en Bon. Espero verte allí y que tú me reconozcas a mí como yo te he reconocido a ti hoy.

D.

Pensó si con esa D se referiría a Drácula, lo cual le pareció que ya era lo último. De repente, alguien que nunca había mostrado el más mínimo interés por monstruos y fantasmas, se iba a codear con toda suerte de espantajos. Sin embargo, una cosa estaba clara: el tipo que había estado esa mañana en su casa no iba a ir a visitarlo esa noche, pues se marchaba hacia Bon. O quizá ya lo había hecho. Fuera como fuese, la cuestión era que había que salir hacia allí lo antes posible. O al menos tan pronto como pudiese hacerlo, pues no estaba en condiciones de conducir en ese momento, antes necesitaba descansar un poco. Bon estaba a unos cincuenta kilómetros hacia el interior. Si salía temprano, a las nueve de la mañana podía estar allí. Independientemente de si conseguía resultados satisfactorios acerca de las balas de plata, era probable que al menos pudiera conocer la identidad del personaje que le había escrito esa nota. Todo dependía de si se había hospedado en el mismo hotel, algo por otro lado necesario para estudiarlo. Claro que, habiendo sido víctima de sus fechorías (fechorías que, por otro lado, no dejaba de recordarse que tenían en común), Balart no estaba tan seguro de que a esa persona le hiciera falta tener reservada ninguna habitación del hotel para poder fisgonear en él.

Pensando en las posibilidades que tenía de salir airoso de esa situación, preparó la bolsa de viaje, más pendiente de la taza de café humeante sobre la mesilla de noche que de la ropa que iba seleccionando. Media hora después, estirado ya en su cama y mirando hacia la ventana, escuchó a lo lejos los ladridos de un perro. Creyó distinguir también los gritos de una persona, pero antes de poder procesarlos se había quedado dormido.

La mañana del día siguiente se presentó soleada pero especialmente fría. Sin embargo, no nos negarán que esta clase de temperaturas invernales y matutinas se soportan mejor en los días de fiesta, como este sábado o el domingo que le seguirá, que en cualquiera de los otros cinco desdichados días que conforman la semana y en los que, si estamos callejeando a tan tempranas horas, no suele ser de motu proprio. Es por ello que Javier Balart no se siente especialmente molesto por estas gélidas vicisitudes y camina alegremente hacia su decrépito coche. El plan está claro: llegar al hotel, hospedarse, intentar averiguar si alguien más lo ha hecho en las últimas horas y comenzar a investigar. Y todo eso, a poder ser, sin llamar demasiado la atención. Nada que no pudiera hacer un aficionado como él.

Bon era un pueblo de montaña muy conocido por las diferentes posibilidades que ofrecía en cuanto a actividades de ocio a lo largo de todo el año. Balart ya había estado con anterioridad, en concreto en una ocasión en la que fue con Nadia. No hacía mucho que se habían conocido y pensaron que aquel sería un buen lugar para acabar de hacerlo. Tal vez si no hubieran ido nunca, todavía se estuviesen conociendo a día de hoy, no queriendo insinuar con esto ninguna lentitud en las aptitudes sociales de estas dos personas, sino más bien la intensidad con la que vivieron aquellos días y todos los que después vinieron. Si la razón por la que acabaron separando sus caminos fue finalmente por haberse conocido demasiado es algo que nadie se ha atrevido a señalar nunca, aunque hay quien asegura que fue precisamente por lo contrario. Sin embargo, estos son aspectos de la vida privada de dos personas que no parecen tener cabida en la historia que aquí se está relatando, por lo que no continuaremos insistiendo en ellos, no queriendo decir con esto que nos olvidemos desde ahora y para siempre de Nadia, pues aún no formando parte activa de la vida actual de Balart, sí lo hace de sus pensamientos, tanto de los que fueron y son como de los que serán. Y precisamente ahora, conduciendo hacia Bon, es cuando vuelve a aparecer. Dejémosle que siga a lo suyo y contentémonos nosotros con el paisaje, que bien merece la pena. 

Cincuenta kilómetros pueden dar para mucho. Salimos de una ciudad costera, con el mar siempre en el horizonte, en dirección a uno de esos pueblos de montaña donde, como mucho, habrá un lago. De verlo todo sin observar nada pasaremos a no ver más allá de la siguiente curva observándolo todo. Es ahí, rodeados de montañas, donde el camino se vuelve más interesante. De pequeño y en el asiento de atrás, Balart acostumbraba a imaginar historias durante los viajes que hacía con sus padres y su hermana. Mirando hacia las montañas rodeadas de bosques, inescrutables a la velocidad del coche, se quedaba como hipnotizado viendo pasar los árboles uno tras otro, pensando en toda clase de tramas detectivescas: un secuestro en el bosque, tesoros escondidos en el hueco de algún tronco, pasadizos secretos camuflados entre la hojarasca… Ahora, casi treinta años después, no se puede permitir el lujo de estar mirando a un lado y a otro, debe estar atento a la carretera, pero reconoce bien el sentimiento que aún tanto tiempo después le vuelve a asaltar. La diferencia, en esta ocasión, es que la historia que tiene en su cabeza no es ninguna que se haya imaginado.

El camino hacia Bon una vez iniciada la parte montañosa del trayecto deja intuir el tipo de población hacia la que nos estamos dirigiendo. La carretera sigue siendo amplia y bien trazada, contando en más de un tramo con dos carriles para cada dirección. Justo antes de llegar al pueblo se pasa por debajo de un gran puente que une dos enormes paredes rocosas donde en más de una ocasión los sorprendidos conductores han podido observar a algún que otro valiente practicando la escalada. Al pasar por debajo, la carretera se bifurca. Si girásemos a la derecha accederíamos a la parte más irregular de Bon, donde las casas están construidas en la misma montaña y que, al atardecer, ofrece una vista espectacular con las diferentes luces encendidas a lo largo de las distintas elevaciones del terreno. Si por el contrario continuásemos en la misma dirección en la que veníamos, llegaríamos al centro del pueblo, situado en un pequeño valle entre las dos montañas.

La carretera por la que circula Balart corta en dos el centro de Bon y permite hacerse una primera impresión de la composición del lugar: casas y edificios de no más de dos plantas, calles anchas donde apenas circulan los coches, pequeñas zonas verdes que en más de una ocasión acaban mezclándose con el bosque a su alrededor y, al fondo, en un pequeño turón, el casco antiguo donde todavía se conserva la muralla que rodea a una pequeña torre medieval transformada en iglesia. Un lugar idílico cuando lo que se quiere es vivir una vida tranquila y apacible. Para Balart, con dos días le bastaba. De todos modos, sospechaba que tampoco iban a ser especialmente relajados.

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