CUENTO DE NAVIDAD — By Antonio Redondo.

—- “¡Vamos, papá, que ya es casi la hora!”. El nerviosismo de su hijo le sacó súbitamente de su ensimismamiento. Siempre le ocurría lo mismo: cada vez que se acercaba esta fecha no podía evitar recordar el pasado. Él era Master_274, el elegido, el único que podía conservar en su memoria las claves de la Verdad. Y sólo el sabía cómo pesaba sobre sus espaldas la Verdad, esa verdad ajena a los demás, incluso a su hijo. Sólo él era capaz de imaginar con cuánto dolor traspasará su herencia a su hijo, el futuro Master_275. Le bastaba con traer a su mente las imágenes, nítidas, del terrible sufrimiento de su padre cuando le nombró sucesor…- “¡Papá, papá!. ¡Que hoy es Nochebuena!. ¡Y nos lo vamos a perder!”. El niño tenía razón, no era el momento de enfrentarse a ese cáliz amargo, aún quedaba mucho tiempo por delante, ahora tocaba cumplir con la ilusión de la Navidad, como se venía haciendo desde tiempos inmemoriales. Abrió la escotilla superior y comenzó a ascender por la escalera metálica clavada en la pared de la roca viva. Cuatro mil novecientos treinta y dos peldaños. Encabezó la lenta marcha ascendente, seguido por un ejército de espíritus risueños e ilusionados.Una vez en la plataforma Alpha, el ritual de siempre: máscaras personalizadas para cada uno antes de salir definitivamente al exterior. Y, una vez afuera, todos preparados para admirar una vez más el paso de la Estrella Fugaz: la aparición de ese disco de fuego, con su correspondiente cola, que era invariablemente fiel a su cita. Apenas trazaba un arco diminuto en ese cielo negro compacto omnipresente. Unos minutos, antes de desaparecer, pero siempre puntual a la cita con la tradición, para mantener la ilusión de un Dios creador cuya venida a este mundo fue señalada por una Estrella Fugaz, por esta Estrella Fugaz, la prueba contundente de que no era un bulo, de que había razones empíricas para mantener la Esperanza. Una estrella que, como marcaba la tradición, cada vez que era avistada había aumentado su tamaño con respecto a la vez anterior, lo cual no significaba otra cosa más que la segunda venida del Creador estaba cada vez más cerca.La multitud estalló en júbilo, una vez más, y acto seguido se postró de rodillas al paso del astro, todos cogidos de la mano, todos con la mirada en el suelo, cada uno rezando su propia oración en silencio. Sólo él, Master_274, miraba fijamente, pero con ojos distintos, lo que estaba sucediendo en realidad. Nadie más sabía de cataclismos nucleares, de migraciones al mundo subterráneo, de pérdida de órbitas planetarias, ni de inexorables acercamientos progresivos al Sol…

Cuando la oscuridad volvió a envolverlo todo, levantó los brazos al cielo y, tras el refugio de su máscara, gritó: -“¡Feliz Navidad!”. Y un coro de miles de gargantas emocionadas le devolvió el saludo: -“¡Feliz Navidad!”. Y la tradición se cumplió, una vez más.

(© Antonio Redondo)

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