Balas Perdidas by Lucas Corso

27

El doctor no reparó en la cara de pasmarote de su compañero hasta que salieron de nuevo al pasillo.

—El tipo sobre el que le he preguntado antes en la cafetería, el del sombrero y la furgoneta, fumaba. A todas horas.

—¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver con lo que nos ha contado? ¿Y a qué viene tanto alboroto por ese tipo? ¿Es que la furgoneta era suya y se la robó?

—Aquí el único ladrón que hay es usted.

—Oiga, ya le he dicho que…

—Escúcheme bien, señor Balart. Ese tipo estuvo plantado frente a mi casa prácticamente dos semanas. Día y noche. Incluso llegó a saludarme y a hacer un gesto con la mano simulando que me disparaba. Fue llevarse usted la bala y desaparecer el tipo.

—¿Y por qué no me ha hablado antes de él?

—Porque lo estoy haciendo ahora. Y porque sé que él está detrás de todo esto.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Usted también lo vio en Bon.

—Vi a alguien parecido. ¿Vamos a desconfiar de todos los que lleven sombrero y conduzcan furgonetas blancas a partir de ahora?

—Desde luego que no. Sólo desconfiaremos de este.

Balart se sentó en una de las sillas del pasillo. Se pasó una mano por la cara, intentando comprender de qué iba todo aquello.

—Veamos. — dijo. — Si tomamos por válidas nuestras suposiciones, en los dos casos no sólo tenemos a un animal sino también a un hombre, aunque usted parece que a este último lo tiene mejor identificado.

—Y también tenemos a Mara. — apuntó Alban.

—No tengo todavía muy claro el papel que ella representa en esta historia.

—Huía del animal. Y en Bon la atacó. Está claro que iba tras ella.

—Puede que sí. — dijo Balart pensativo.

—¿Puede? ¿Cabe otra posibilidad?

—Que fuese tras la bala de plata. Ya le he dicho antes que Mara la recuperó ese viernes cuando entró en mi apartamento y se la llevó. No sabe nada de la historia de esas balas, ¿verdad?

—No, nada en absoluto.

—Pues entre otras cosas, se dice que todo aquel que consiga una acabará con un hombre lobo pisándole los talones hasta que la devuelva o… se lo coma.

Alban miró patidifuso a Balart.

—Menudo cuento. — dijo.

—Y que lo diga. Pero fíjese, en los dos casos en los que ese animal ha atacado, alguna bala de plata andaba cerca; además de, según usted, un hombre con sombrero.

—O tal vez sea que ese hombre se pasea con un animal.

—Cierto. Pero todavía hay otra cosa en común entre el ataque al señor Houdin y el de Bon.

—¿El qué? — preguntó el doctor.

—Los dos ocurrieron de noche. Y con luna llena.

A Alban le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Balart lo miró con mala cara. 

—¿Le apetece cenar algo, señor Balart? — preguntó el doctor intentando cambiar el tono de la conversación.

—Sí, no estaría nada mal.

Alban se sorprendió de que aquel artefacto viejo, abollado y potencialmente mortal al que Balart había llamado coche arrancase. Y no sólo eso, sino que además se moviese sin ningún esfuerzo ni ruido extraño. En cierto modo parecía el vehículo perfecto para la persona que lo estaba conduciendo: desde fuera no ofrecía apenas nada que a uno le hiciera pensar que era mínimamente fiable, pero por dentro parecía estar todo en orden. Aunque en un orden que no comprendía. Se preguntó si todo en la vida de ese personaje sería igual, y se lamentó de haberlo invitado a cenar a su casa; le hubiera encantado ver el apartamento de ese tipo. Pero supuso que, teniendo en cuenta el modo en el que se estaban desarrollando los acontecimientos, seguramente tendría ocasión de visitarlo. Y de todos modos había que pasar primero por su piso ya que había algo que quería enseñarle.

Ya estaba anocheciendo cuando se metieron de lleno en el bullicio de las calles del centro. Desde que estaba viviendo ahí, Alban siempre había utilizado el metro para moverse de su casa al hospital y viceversa, y esta era la primera vez que tuvo ocasión de ver todo lo que ocurría en la superficie. Las historias de monstruos nocturnos escondidos entre los árboles se le antojaron en ese momento lejanas, ajenas. Era como si hubieran pasado del blanco y negro al color, de lo medieval a la modernidad. Sin embargo, sabía que aquello era una mera pausa, una tregua. Por un momento se preguntó si no sería mejor bajarse ahí, en mitad de aquella avenida repleta de vehículos y mezclarse entre el gentío para así alargar ese paréntesis hasta que se convirtiera en la única realidad. Pero era una tontería, en algún momento todas esas personas tendrían que ir a alguna parte a cenar y a dormir, y qué haría él, ¿seguir caminando? Entonces daría igual que estuviera en el centro de una ciudad flamante y superpoblada; quizá ahí no hubiera muchos árboles tras los que ese monstruo pudiera ocultarse, pero le sobraban callejones oscuros desde los que abalanzarse sobre cualquiera. De hecho ya había ocurrido y conocía de sobras los resultados. Así que no tenía ningún sentido dejarlo todo y dedicarse a fingir que nada había ocurrido. Sobre todo por una razón: aquello le gustaba. De repente sentía que se había quitado veinte años de encima, si no más. Volvía a tener treinta y pocos y todo era posible de nuevo. Quería que eso durase y quizá la mejor manera de hacerlo era metiéndose en esa historia hasta el fondo. Había llegado el momento de acabar con otro paréntesis que ya estaba durando demasiado: aquel que abrió sin saberlo, pensando que lo que estaba haciendo era escribir un último capítulo en su vida que en realidad ya no tenía demasiado interés ni siquiera para él, cuando pensó que todo lo que podía pasarle ya le había pasado y contempló que ya era más lo que había dejado atrás que lo que tenía por delante. Menuda estupidez. Ahí estaba él, Héctor Alban, a un paso de enfrentarse a lo imposible, metido en un coche a punto de descuajaringarse, conducido frenéticamente por un joven que no parecía haber tenido nunca ni un sí ni un no con aquel vehículo, o tal vez los había tenido todos y había acabado creyendo que la velocidad era lo único que podría mantener las piezas unidas durante más tiempo. Estrellarse era algo que no parecía entrar en sus planes, puede que ni siquiera supiese el significado de aquella palabra. O quizá fuese que ya se había estrellado y se creía inmortal. El estado del coche así lo parecía indicar. Aunque muy posiblemente, de haber tenido lugar ese hipotético accidente, la conclusión a la que había llegado era no la de ser alguien imperecedero sino todo lo contrario. Sólo los que han estado a punto de morir tienen tanta prisa o son tan reticentes a estarse quietos. Quizá eso era lo que le había faltado a él, uno o dos sustos que lo espolearan un poco. Su vida había sido siempre muy concreta, muy pautada, muy previsible. Cantidades ingentes de planes bien trazados, imprevistos detectados demasiado a tiempo y esquemas inquebrantables. Todo colocado sobre una cinta transportadora para llegar a destino sin necesidad de moverse. Ya es hora de cambiar, habría dicho el doctor de no ser porque sabía muy bien que la hora ya había sido hacía tiempo, por lo que no sabía muy bien de qué era hora, pero que dentro suyo estaba sonado una alarma lo tenía clarísimo. Ahora simplemente tenía que comenzar a moverse de una vez para apagarla y darle más cuerda al reloj. Fin del paréntesis, la historia continúa. Y de qué manera, señores. A todo trapo. Claro que sólo lo que no se mueve acaba desvencijado en un rincón. Y eso, se mire por donde se mire, es infinitamente más triste y cruel que el hecho de acabar empotrados contra un anuncio de comida para perros enganchado en la parte trasera de un autobús.

—¡Oiga! — exclamó Alban después del frenazo. — ¿De alguna manera matarnos forma parte del plan?

—¿Tenemos un plan? — dijo Balart.

—El mío es llegar a viejo. O al menos procurar morir de la manera menos dolorosa y estúpida posible.

—No me diga…

—Sí que le digo. Además, no creo que estrellándonos le hagamos ningún favor a Mara.

—Y aprovechando que la nombra. ¿Qué relación tiene usted con ella?

—Ahora no. No me gusta quedarme a medias.

—¿Qué quiere decir con eso?

—A que no sé si le dará tiempo a frenar en el próximo semáforo si yo le distraigo con mis historias.

—No se preocupe por eso. En cuanto pueda, pienso adelantar a ese trasto.

—Me deja usted más tranquilo.

—Entonces dígame, ¿cómo se conocieron?

Alban volvió a cerciorarse de que el cinturón estuviese bien sujeto, se cogió de la agarradera sobre la puerta y procuró explicarlo de la manera más sencilla posible para así evitar cualquier pregunta que Balart pudiera formular y lo distrajera de la carretera y, por tanto, de una muerte más que segura. Cierto es que este hombre apenas acababa de soltarse un poco más la melena para no ser tan remilgado a la hora de salirse del camino trazado sin pensar demasiado en las consecuencias, pero había decidido posponerlo todo hasta por lo menos bajarse de aquel coche.

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