Balas Perdidas by Lucas Corso —21

21
Balart se sentó junto a Hernando en el banco del jardín.
—Tenía usted razón, — dijo —, esto no es un jardín.
—Y sin embargo, necesitaba comprobarlo usted mismo. — dijo Hernando. — Dígame joven,
¿tiene usted costumbre de andar metiéndose donde no lo llaman?
—Eso parece. — respondió él. — Al menos últimamente.
—¿Y qué demonios hacía metido ahí dentro? — preguntó el viejo señalando con la cabeza hacia
las tumbas.
—Eso quisiera yo saber. Supongo que me caí, o debieron tirarme.
—Ya veo. Si le digo la verdad, no me importa demasiado saber cómo llegó usted ahí, más bien
tengo interés en conocer el porqué. No sé si se da cuenta de lo estúpido que fue anoche. Estuvo a
un paso de quedarse ahí dentro para los restos. E indudablemente hizo cosas de las que yo podría
dar parte a la policía ahora mismo. Pero algunos huéspedes se han quejado del jaleo que hubo.
Incluso uno dice que escuchó tiros. Y si usted hablara y contara lo que vio…
El viejo lo miró.
—¿Y qué hacemos? — preguntó Balart.
—¿Todavía quiere hacer más? ¿No cree que ya ha hecho suficiente? — le recriminó Hernando.
Balart asintió sonriendo levemente.
—¿Me quedo aquí hasta que llame a la…?
—Por otra parte, — le cortó — la policía no fue de mucha ayuda en su día y dudo que vaya a serlo
ahora. Por lo que no veo inconveniente en que usted se vaya por donde ha venido y nosotros
sigamos aquí a lo nuestro. — concluyó.
—Ya — dijo Balart. — Pero como acaba de decir, anoche los huéspedes oyeron cosas. Y parece
que algunos también las vieron.
—¿A qué se refiere?
—Al fantasma.
—Ah bueno, no es la primera vez que alguien dice ver fantasmas en este hotel. Si siempre tuviera
que estar prestando atención a esas tonterías, créame que no podría dedicarme a hacer mucho más
aquí.
—No lo dudo, pero da la casualidad que yo también lo vi. De hecho, he venido siguiéndolo hasta
aquí. Y su botones parece que también.
La indignación asomó al rostro del viejo.
—Ese qué va a ver… Mírelo, preguntándose qué demonios le pasa a esa farola. Lleva más de
media hora ahí subido y todavía no se le ha ocurrido cambiar la bombilla rota por una nueva.
Balart rió.
—Una cosa no quita la otra. — dijo.
—¿Le ha dicho a usted que vio a ese fantasma?
—No, lo vi yo anoche hablando con él.
—¿Hablando con él? — preguntó Hernando. Balart se sacó entonces la fotografía del bolsillo y se
la enseñó. — ¿De dónde ha sacado eso?
—De ahí dentro. Y ahora dígame, ¿es esa niña Mara Kessler?

—¿Qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
—Respóndame. ¿Es ella o no?
—Sí, es ella.
—¿La misma Mara Kessler que murió hace ya más de diez años?
Hernando lo miró unos segundos sin decir nada y después asintió.
—Murió en Irlanda cuando todavía tenía cinco años. — dijo.
—Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que esa niña es la misma chica con la que estuve aquí,
en este jardín, anoche? La misma que estuvo cavando en aquella tumba. — dijo Balart mirando
hacia las lápidas. Hernando lo miró a él y luego a las tumbas. Y así estuvo largo rato, como
meditando, decidiendo qué camino tomar en una encrucijada que acababa de encontrar. Después
lo volvió a mirar.
—¿Me devuelve esa fotografía? — preguntó.
—Claro. — respondió Balart dándosela.
—Ahora venga conmigo.
Hernando se levantó trabajosamente del banco y junto con Balart caminó en dirección a las tumbas. Éste
observó que el comportamiento de aquel hombre era ligeramente distinto al día anterior. Estaba muy
tenso, pero algo había cambiado en su rostro. Ahora no parecía aquel viejo gruñón que parecía estar a
punto de soltarle un rapapolvo al primero que pasase por delante, sino más bien alguien ensimismado en
sus propios pensamientos, ajeno a todo lo demás. Tuvo la sensación de que si él hubiera sido otra persona,
Hernando ni lo habría mirado al ponerse frente a él en el banco donde lo había encontrado sentado.
Cuando llegaron, pudo leer al fin el nombre que figuraba en las lápidas: William y Laura Talbot, los
antiguos dueños del hotel. La tumba que la chica había abierto era la del hombre.
—Bien, supongo que usted entraría por ahí. — dijo Hernando señalando hacia el bosque tras las
lápidas y el seto.
—Así es.
—Esta mañana hemos encontrado el agujero que hizo en la verja. ¿De verdad era necesario?
—Un momento. — se defendió Balart. — Pasé la verja a través del agujero, sí. Pero no fui yo el
que lo hizo.
—¿Cómo? — preguntó Hernando desconcertado.
—Ya estaba ahí cuando llegué. De hecho, pude ver otro rastro entre las hierbas además del mío
que muy seguramente pertenecía a quien hizo el agujero.
—No tiene sentido. — dijo Hernando volviendo a mirar hacia el bosque.
—Atravesé la verja cuando ya era prácticamente de noche y llegué hasta ahí detrás. — dijo Balart
señalando los setos a la derecha de las lápidas. — Pasé por encima de ellos y caminé hasta aquí.
Entonces escuché abrirse la puerta por la que ahora he entrado y me volví a esconder ahí detrás.
—Comprendo. — dijo Hernando mirando los setos tras las lápidas. — Fue ahí cuando la debió ver
hablando con mi ayudante, Udo.
—Sí, y me sorprendió que entrara por la puerta. Yo creía que había sido ella la que había hecho el
agujero de la verja.
—Esto no me gusta nada. — dijo Hernando sin apartar la vista del bosque. — Ella no hizo el
agujero y usted afirma que tampoco. Y eso no explica entonces el que hubiera entrado. De ningún
modo.

—¿Que hubiera entrado qué?
—Joven, ¿qué fue lo que vio exactamente anoche? — preguntó Hernando mirándolo a los ojos.
—Vi a la chica cavar en la tumba hasta que el agujero fue lo suficientemente profundo como para
meterse dentro.
—Eso ya lo sé. Quiero decir que qué fue lo que vieron los dos.
—No sabría decírselo. — dijo Balart pensativo. — Desde luego era grande. Pero no llegué a verlo
con claridad. ¿Qué pasó con la chica?
—No lo sabemos. Cuando salimos ya no estaba. Ese animal que usted vio y que nosotros también
vimos debió entrar por el agujero en la verja. Creíamos que lo había hecho usted, pero si me dice
que no es así, entonces es que lo hizo alguien que tenía interés en que eso entrara.
—¿Quiere decir que alguien soltó a ese animal para que nos atacara?
—Al menos eso parece.
—¿No pudo hacer el mismo animal el agujero?
—No, los animales salvajes no se llaman así porque ataquen a las personas, sino porque procuran
alejarse de ellas. Cuando nos metemos en su territorio o se sienten amenazados es cuando atacan,
y rara vez lo hacen solos. Pero, ¿romper una verja para meterse en un lugar que no conocen y
atacar? ¿Solo, además? No tiene sentido.
—Un animal domesticado entonces… no lo parecía.
—Domesticado o no, lo que está claro es que no es un animal que se pueda encontrar en Bon. Al
menos yo nunca había visto ninguno. Y por eso esto me gusta cada vez menos.
—Mara debió verlo mejor que yo.
—¿Por qué da por hecho que esa chica era realmente Mara Kessler?
—Porque usted no me lo ha negado todavía. ¿Quién iba a ser si no? ¿Quién iba a venir a cavar en
esta tumba si no sabía de antemano lo que iba a encontrar?
—Usted parece que también lo sabía ya que también estaba aquí. ¿Es usted Mara?
—Yo vine siguiéndola a ella.
—¿Con qué intención?
Balart calló.
—¿Ahora va a ser usted el que no responda? — preguntó Hernando sonriendo por primera vez.
—¿Qué sabe usted de las balas de plata?
—Lo mismo que de cualquier otra bala: que es mejor que a uno no lo alcancen.
—¿Sabe que eso fue lo que vino buscando Mara?
—Sé que eso fue lo que parece que quería encontrar esa chica.
—¡Déjese de historias! ¿Por qué no admite de una vez que era ella? — recriminó Balart.
—¡Porque Mara está muerta! — le espetó Hernando. — Mara murió el mismo año que se hizo
esas fotos con los niños y así sigue. Si ahora, casi catorce años después, ha vuelto, no cambia
nada. Al menos para mí.
—¿Cómo puede decir eso?
—Porque yo ya le he llorado bastante a esta família. No estoy dispuesto a hacerlo dos veces.
Prefiero pensar que lo de anoche fue un fantasma, como van diciendo los clientes o el bobo ese
que tengo por botones. Prefiero hacerme a la idea de que tan sólo fue un sueño que vino con la

tormenta y que con ella se fue y del que hoy sólo queda un simple recuerdo. Con eso puedo seguir
viviendo. Con lo otro no.
—El coche que hay aparcado ahí fuera no es ningún recuerdo ni forma parte de ningún sueño. Es
el coche de Mara. Y si sigue ahí es porque ella también está aquí.
—No sé nada de ningún coche. — dijo el viejo dándose la vuelta y comenzando a caminar.
—Mara está viva, Hernando. — dijo Balart. — Al parecer siempre lo ha estado. Pero puede que
no por mucho tiempo. — el anciano se detuvo. — Lo que nos atacó anoche sigue por ahí, suelto.
Y no está solo.
—¿Y usted qué sabe? — preguntó Hernando girándose.
—Tengo una carta que lo prueba. Y un cuento.

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