La relación pre edípica padre-hijo en la obra de Jorge Luis Borges.


La memoria de Shakespeare (1982)

El cuento se inicia con la expresa devoción de Hermann Soergel por llegar a ser Shakespeare. Anhela materializar en su propio cuerpo el destino incumplido de Daniel Thorpe quien, en realidad, había deseado ser él el genio de Stratford, pero sólo alcanzó a escribir: “una biografía novelada que mereció el desdén de la crítica y algún éxito comercial en los Estados Unidos y en las colonias». Soergel acepta la sortija propuesta por el otro. Participa activamente de la alianza con Thorpe, con la finalidad de llegar a redimir el deseo del deseo de aquel otro en él. En recompensa se convertiría en su incuestionado heredero y Redentor.

El establecimiento del pacto entre un padre-Dios y un hijo
elegido que promete velar por él, ser habitado por su memoria y permanecer fiel a su culto, origina una relación narcisista e
indiscriminada entre ambos que denominé: Simbiosis padre-hijo
(Kancyper, 1989). Cuando ésta se cristaliza a través de los tiempos, como acontece en este relato, se erige un inexorable laberinto narcisista-masoquista entre ambos de muy difícil abordaje terapéutico. Considero que la sortija-alianza develada en este último cuento del poeta, pone al descubierto un eslabón esencial en la cadena de la causación del destino trágico de los personajes borgeanos. Elucida ciertos rasgos de carácter que gobiernan sus relaciones con los demás y consigo mismo a partir de la condición de ser “El elegido”.

En efecto, Hermann Soergel, al aceptar la propuesta para llegar a ser el portador de la memoria del otro, se posiciona enl lugar de un primogénito receloso de otros intrusos acechantes y permanece viscosamente adherido a un padre-Dios como su único y legítimo continuador. El relato continúa con la descripción del ofrecimiento seductor de Thorpe y con el embriagador estado de fascinación de Soergel. “No acerté a pronunciar palabra. Fue como si me ofrecieran el mar.” (…) “Me quedé pensando. ¿No había consagrado yo mi vida, no menos incolora que extraña, a la busca de Shakespeare? ¿No era justo que al fin de la jornada diera con él? Dije, articulando bien cada palabra: – Acepto la memoria de Shakespeare. Algo, sin duda aconteció, pero no lo sentí. Apenas un principio de fatiga, acaso imaginaria.”

Tal vez, parte de esta imaginaria fatiga se deba a su infatigable
búsqueda de permanecer como el único y perfecto doble: inmortal, especular e ideal del padre. Este singular privilegio, basado en la creencia de ser “El elegido”, opera como un fascinante estímulo sublimatorio y además como una trampa narcisista interceptando gravemente el acceso a la exogamia. “Al cabo de unos treinta días, la memoria del muerto me animaba. Durante una semana de curiosa felicidad, casi creí ser Shakespeare”. En efecto, a lo largo de toda su obra, Borges lleva al límite la pretensión imposible de ser uno con el ideal. Intenta, por un lado, anular la tensión de la diferencia estructural entre las instancias del aparato anímico: entre el Yo y el Ideal y entre el Yo y el Superyó y el Ello. “Borges y yo” (1960). Por otro lado, en la dimensión intersubjetiva, pretende también recubrir la irreductible discontinuidad con una continuidad fantasmática de eternidad entre él y el Otro.
Intenta, en definitiva, profanar la zona sagrada de la diferencia
intersubjetiva, que a la vez que constituye y preserva la
singularidad de todo sujeto, lo distingue de su semejante. Esta
temática se despliega desde “Pierre Menard, autor del Quijote” (1939) hasta “La memoria de Shakespeare” (1982)

Este vano intento de llegar a ser uno fusionado en una total
coincidencia con otro y materializar la fantasía de los vasos comunicantes (Kancyper, 2003), conduce finalmente a la
desidealización de esa imposible hazaña y desencadena una
angustia lacerante que amenaza con la disolución de la propia
subjetividad. “En la primera etapa de la aventura sentí la dicha de ser Shakespeare; en la postrera, la opresión y el terror. Al principiolas dos memorias no mezclaban sus aguas. Con el tiempo, el gran río de Shakespeare amenazó, y casi anegó, mi modesto caudal. Advertí con temor que estaba olvidando la lengua de mis padres. Ya que la identidad personal se basa en la memoria, temí por mi razón.” He olvidado la fecha en que decidí liberarme. (…) – ¿Quieres la memoria de Shakespeare? Sé que lo que te ofrezco es muy grave. Piénsalo bien. (…) “Ese y otros caminos fueron inútiles: todos me llevaban a Shakespeare”.

Los personajes borgeanos no pueden hacer suyas las palabras
de Píndaro: “¡Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal; agota en cambio el campo de lo posible”. Pero el campo de lo posible, dista lejos de satisfacer la creencia de la perfección indispensable que reclama el Ideal borgeano con insistencia e insaciabilidad.

La tensión entre el Yo y el desmesurado Ideal termina, en forma gradual y progresiva, minando el sentimiento de la propia dignidad y acrecentando los sentimientos de culpabilidad,
vergüenza y remordimiento. Britton considera que existen razones complejas por las que surgen, en ciertos sujetos particulares, problemas para distinguir entre la realidad material y la psíquica, entre el símbolo y el objeto y entre la creencia y el conocimiento. Dichos problemas están relacionados con una marcada dificultad para abandonar objetos. Por abandonarlos no se refiere simplemente a aceptar el hecho de su pérdida sino a aceptar todos los cambios necesarios operados en las creencias sobre el mundo, que surgen a partir de dicha pérdida. “Una de esas creencias que deben ser abandonadas es la de que el objeto perdido resulta indispensable para la vida. En ese sentido, algunas personas experimentan la misma dificultad con las creencias que con los objetos: no pueden aceptar que no son indispensables”.

EDIPO Y EL ENIGMA

«Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día Y con tres pies errando por el vano
Ambito de la tarde, así veía
La eterna esfinge a su inconstante hermano,
El hombre, y con la tarde un hombre vino
Que descifró aterrado en el espejo
De la monstruosa imagen, el reflejo
Somos Edipo y de un eterno modo
La larga y triple bestia somos, todo
lo que seremos y lo que hemos sido.
Nos aniquilaría ver la ingente
Forma de nuestro ser ; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.»

Y el psicoanálisis nos depara una otra alternativa: la de poder
descifrar algunos de los intrincados enigmas del inconsciente que estructuran y desestructuran la singularidad de cada sujeto. Para que cada individuo pueda llegar a ser, en ciero modo, un agente activo de su propio destino, y no una mera víctima, como ha sido Hermann Soergel, de un laberinto inexpugnable. Luis Kancyper: “Somos Edipo y de un eterno modo la larga y triple bestia somos, todo lo que seremos y lo que hemos sido.”…nos dice el poeta. Pero, ¿cómo desasirnos de su ciego poder? Cómo abrir brechas y penetrar en el interior del determinismo repetitivo del laberinto borgeano, para que el sujeto no permanezca imantado como un rehén a un destino prefijado y pueda acceder a una realidad cambiante de inciertas e infinitas posibilidades de la que él es el protagonista responsable? ¿Cómo quebrantar, en definitiva, el tiempo circular borgeano y reabrir el tiempo congelado de los traumas y de las
identificaciones y creencias alienantes de la compulsión a la
las identificaciones y creencias alienantes de la compulsión a la
repetición?

El psicoanálisis, aspira a elucidar algunos aspectos crípticos del sometimiento misterioso del hombre a la ferocidad y al capricho de ciertas fuerzas ominosas de “lo inhumano” a las que debe enfrentar. “Lo inhumano” en la tragedia y en los mitos, alude no sólo a las ingobernables fuerzas de la Naturaleza, sino que incluye también el poder arbitrario y caprichoso de los Dioses que son sobre (o extra) humanos. El inconsciente también opera como si fuese una fuerza y una realidad extra humanas. Presenta su realidad propia y clama por expresarse a través de:
síntomas, inhibiciones, angustias y otros variados afectos que eluden al gobierno voluntario de los individuos y de las masas.
Estas manifestaciones escandalosas del inconsciente se
hallan comandadas por el accionar de: fantasías, creencias, traumas e identificaciones; y el psicoanálisis, al hacerlos
conscientes, aporta esenciales elementos para que el sujeto
logre contrarrestar, en cierta medida, el irreparable y funesto
destino que subyace como sentencia inamovible en la dimensión trágica de los personajes borgeanos.

Edipo en la tragedia y en el mito

Freud, basándose en la tragedia de Sófocles, presenta a Edipo como al agente victimario que pone en acto los deseos
parricidas e incestuosos; mientras que en el relato mítico Edipo es, en realidad, una mera víctima de una historia de
remordimientos y resentimientos concerniente a su padre Layo. El hijo, previo a su nacimiento biológico, ya había sido destinado a cumplir con la misión de un héroe trágico: como el castigador implacable de un padre culposo y sentenciado al que debía matar retalativamente. Considero que el parricidio en el mito de Edipo es la externalización de una historia de identificaciones inconscientes que lo alienaron al pasado condenatorio de su padre, y no como una manifestación solipsística de pulsiones tanáticas defusionadas.

El mito nos relata que: “Layo, hijo de Lábdaco, buscó refugio
junto a Pélope y allí se enamoró del joven Crisipo, inventando
así – por lo menos lo creen algunos – el amor contranatura.
Raptó al muchacho y fue maldecido por Pélope. Crisipo se
suicidó por vergüenza y Layo no pudo escapar a la ley taliónica
del oráculo que le predecía que sería muerto por su hijo.
Finalmente fue muerto por Edipo cerca de Delfos, en el cruce de los caminos de Dáulide y Tebas”. (Grimal). En este relato Layo es un padre filicida, porque previo al nacimiento de Edipo, éste ya había sido investido por él con una masiva identificación tanática.. Por lo tanto, Edipo es a la vez el victimario y víctima de una serie de historias de tormentos de los “otros en él” y éstas comandaron finalmente la fatalidad de su destino aciago. En efecto, Edipo había sido destinado para operar como el brazo ejecutor asesino de una historia de culpas concernientes
(Luis Kancyper) a su padre. “Los padres comieron uvas agrias, y los hijos padecen de dentera” (Jeremías 31: 29).

Rascovsky (1967) introdujo el término filicidio para poner en evidencia que en la tragedia edípica, el parricidio y el incesto
constituyen el contenido manifiesto y el filicidio su contenido latente y a la vez el elemento genético de todo el proceso. Sostuvo que las razones que le imposibilitaron a Edipo elaborar la represión del incesto y el parricidio habían sido una falta de identificaciones adecuadas con aspectos buenos de sus objetos iniciales, que se habrían caracterizado por una extrema naturaleza persecutoria e idealizada y configuraron una fijación paranoide esquizoide. “Sus intensas defensas maníacas lo llevaron, a través del uso de la renegación, a matar a su padre y
a cohabitar con su madre; la disociación idealizada de los padres persecutorios Layo y Yocasta, aparecen en forma de sus padres sustitutos, Pólibo y Mérope, cuya existencia constituye una típica novela familiar basada en tal idealización”.

Considero que la perversidad de Edipo había sido determinada en gran medida por los influjos destructivos ejercidos por una identificación reivindicatoria masiva (Kancyper, 1992). Ésta habría comandado el origen y el desenlace inexorables de su tragedia. Considero necesario diferenciar la identificación reivindicatoria de la identificación con el agresor, que constituye un mecanismo de defensa. Anna Freud (1936) lo describe: “Ve actuar la identificación con el agresor en diversas circunstancias: agresión física, crítica, etc., pudiendo intervenir la identificación antes o después de la agresión temida.

El comportamiento que se observa es el resultado de una
inversión de los papeles: el agredido se convierte en agresor. O sea que el sujeto, enfrentado a un peligro exterior, se identifica
con su agresor, ya sea reasumiendo por su cuenta la agresión en la misma forma, ya sea imitando física o moralmente a la persona del agresor, ya sea adoptando ciertos símbolos de poder que lo designan”. En cambio, la identificación reivindicatoria es producto y consecuencia de la programación de un proyecto identificatorio; precede a las relaciones objetales postnatales y se articula con la estructura del sistema narcisista intersubjetivo al servicio de la regulación de este “otro” desconocido por el sujeto, y que lo instala en un rol unívoco, destinado a ser un agente victimario, castigador y asesino. Esta intrincada situación parento-filial nos permite estudiar las relaciones recíprocas entre las generaciones y el campo dinámico de las fuerzas inconscientes que se despliegan entre los tres vértices del triángulo edípico. “Esta visión más ampliada de los conflictos edípicos permite enlazar dialécticamente y sobre una base
metapsicológica los problemas narcisistas con los problemas
edípicos e intenta evitar reducir el análisis teórico del complejo
nuclear de la neurosis al solo juego de las pulsiones, sin
subestimar por ello la importancia teórica de éstas” (Faimberg 1996).

En efecto, al dirigir nuestra mirada conjunta hacia los tres
ángulos del triángulo edípico, y no únicamente a la relación de
Edipo con sus figuras parentales, nos permite atribuir un papel
esencial en la constitución de un determinado complejo de Edipo
a los otros factores de la relación provenientes de los otros dos
vértices del triángulo: el de Layo y el de Yocasta hacia el hijo
(deseo inconsciente de cada uno de los padres y relación entre
los padres y las investiduras identificatorias que recaen sobre el hijo y que configuran la estructuración inconsciente de su personalidad). En efecto, una vía regia para la elucidación y elaboración del complejo de Edipo lo constituye el proceso de la historización en la situación analítica, de los deseos e identificaciones provenientes de otras generaciones, que recaen inexorablemente en cada sujeto y de qué modo el hijo participó y participa aún de esos contratos identificatorios, suscribiendo finalmente a un sistema de deseos impuestos de los “otros” en él. Una de las tareas del proceso analítico se centrará en hacer consciente e historizar de qué modo los padres han reconocido o no la alteridad del hijo. (Luis Kancyper)

Un comentario sobre “La relación pre edípica padre-hijo en la obra de Jorge Luis Borges.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s