¡Dios, cómo la quería!.. — By Antonio Redondo.

Sentado sobre la arena fina, con la mirada descansando en la mancha azul infinita, intentaba diseccionar sus sentimientos hacia aquella mujer. Marzo le había regalado una de esas tardes que tanto le gustaban, y que tanto le invitaban a acercarse a la orilla del mar para encontrarse consigo mismo. Allí, una y otra vez, llegaba a la misma conclusión: la amaba.La empezó a amar incluso antes de darse cuenta de ello, la amó tanto que la idolatró para desmitificarla después y poder amarla mejor. Sabía el qué pero no el por qué, porque el amor no tiene explicación. Era tan obvio su amor que todo el mundo lo sabía; hasta el mar, que fue el primero en hacérselo ver mandando a las olas que se lo susurrasen al oído.Y, sin embargo, no era feliz. Porque ella también lo sabía, sabía cuánto y cómo él la amaba. Y, para que el amor sea fuente de felicidad, ha de ser como las olas, que vienen y van, que llegan y se van , que dan y reciben, que quitan y traen… El amor, para hacernos felices, precisa un punto de incertidumbre, un pellizco de motivación que mantenga a ambos corazones en vilo. Pero su corazón, cual espía descubierto, había caído prisionero para siempre en una cárcel sin rejas ni puertas, esclavo de otro corazón tan seguro y confiado que ni cadenas le puso.Justo al punto de estas reflexiones una ola rompió a sus pies, salpicando su cara con gotas saladas que fueron a fundirse con sus hermanas, que resbalaban rostro abajo.

(© Antonio Redondo)

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