Las manos by Alejandra Gauna

El verano parece eterno en esos pueblos de mi provincia. A veces ni aparecen en un mapa ni en ningún buscador. Son esos caseríos con nombre de algún personaje de la zona y que nadie sabe realmente quién es. Al final de la calle principal vive Doña Irene, la ancianidad ya la ha tomado, pero aún conserva ese espíritu emprendedor. Es la siesta y ella se encuentra recostada en su viejo sillón de mimbre bajo el parral. Su cabello recogido en un rodete prendido con algunas pinzas, lleva puesto un batón floreado y en sus pies gastados unas alpargatas de color naranja. Aparentemente se ha quedado dormida mientras en la radio se escucha un bolero. Vive con un hijo que realiza las tareas del campo. Al fondo de su casa está el gallinero y tirado bajo el limonero está Sancho su perro guardián.

Golpean las manos, ella se despierta, y se dirige con su paso tranquilo hacia la tranquera. Son dos mujeres que la buscan para que cure el dolor de espalda de don Ramón, dicen: “se atacó del ciático”. Entonces busca en su bolso el ungüento que suele usar. Al llegar a la casa el viejo está tirado boca bajo y la curandera comienza su labor. Le pide a la mujer de la casa que encienda una rama de eucalipto dicen que espanta los malos deseos. Sus manos están agotadas pero eso no le impide recorrer hacia abajo en la parte blanda por arriba del hueso de la cintura del anciano, realiza movimientos suaves pero precisos. Ella sabe que no es el nervio, el inquieto hombre se ha caído varias veces de su caballo que está tan viejo como él. Al irse la acompaña la mujer más joven y van charlando de lo caluroso de ese verano. Al llegar a su casa realiza un pequeño ritual, enciende unas velas y ora en silencio. Mientras una ventisca asegura que el dolor se ha retirado, esas voces le anuncian una visita. Ésta noche cocinará para tres, para ella, su hijo y el extraño que golpeará la puerta pasada la media noche. Es el hombre que deambula buscando un lugar dónde su corazón pueda descansar, y pedirá que bendiga sus días y lo libere de las cadenas que se autoimpuso. Doña Irene, es una mujer con alma sanadora, de esas que sólo la descubres cuando aprendes a dejarte amar. Ella vive en un pueblo que nadie recuerda el nombre.

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