Balas Perdidas —24 by Lucas Corso

24

Una tarde, apenas unos días después de que la bala finalmente desapareciese de su vida, Alban estaba en el hospital pensando en todo lo ocurrido. Nada había salido según lo previsto y en un primer momento aquello lo frustró. Pero esa frustración se desvaneció tan rápido como lo hizo el tipo de la furgoneta, lo cual lo tranquilizó. Decididamente, todo volvía a estar de nuevo en su sitio. Ahora podía centrarse en analizar los últimos hechos: el hombre al que habían atacado la noche del viernes anterior había estado sedado todo el fin de semana, pero ese lunes por la mañana ya había despertado. Dos policías aparecieron en el lugar enseguida, pero todavía estaba algo aturdido, por lo que prefirieron esperar hasta esa tarde para hablar con él. Habían vuelto a eso de las cinco y ahora estaban hablando en la habitación, seguramente tratando de recabar más datos sobre lo ocurrido. Alban lo había observado todo desde fuera. La ventaja de estar en la UCI era que las personas allí ingresadas estaban distribuidas en compartimentos separados por cristales y no por paredes. Eso facilitaba mucho las cosas. No es que él se tuviera que ir escondiendo para visitar a nadie ahí, pero en ese caso en concreto la policía no había permitido que hubiera nadie más con ellos hasta que hubieran hablado con…

—Enrique Houdin. — leyó en una ficha. — Francés. Cincuenta y nueve años.

Alban esperó pacientemente a que acabasen, pero aquello se estaba alargando más de lo que había pensado. Dejó la ficha y se metió las manos en los bolsillos de su rebeca de lana roja. Fue entonces cuando lo vio. Al fondo del pasillo, sentado en una de las sillas provistas para los familiares, había un tipo que le dio mala espina. Era la primera vez que lo veía, y no parecía una persona preocupada por la salud de nadie que estuviese en cuidados intensivos en ese momento. Más bien al contrario, parecía estar más pendiente de los médicos. Era como si buscase a alguien en concreto, no dejaba de mirar de un lado a otro. Y cuando alguien con bata blanca pasaba junto a él, le examinaba la cara sin el más mínimo disimulo, casi podría decirse que con descaro.

—Oiga señorita, ¿quién es ese señor que está allí sentado? — preguntó Alban a una de las enfermeras que estaba en el mostrador. La mujer se asomó por encima del tablero poniéndose de puntillas para verlo mejor.

—No lo sé, doctor. — contestó. — No lo había visto antes aquí. Pero tiene una pinta extraña, ¿no cree? ¿Quiere que vaya a preguntarle por quién está aquí?

—No, déjelo. Iré yo.

Hay ocasiones en las que podemos intuir, prácticamente saber de antemano, lo que va a ocurrir. Si bien es cierto que en muchos casos la respuesta a lo que está por llegar parece ser bastante obvia, en otros no contamos ni con el más mínimo indicio que nos ayude a saber quién estará llamando por teléfono a estas horas de la madrugada, o de quién será esa carta que acaba de llegar de Madrid. Y aún así, hay ocasiones en las que acertamos. Intuición, presentimiento, corazonada o quizá la más pura e increíble adivinación; no importa, llámenlo como quieran. Simplemente pasa y no hay que darle más vueltas. Cuando Alban camina hacia el tipo sentado al fondo del pasillo y observa que, al verlo, éste se levanta y también camina hacia él, comprende que nada ha acabado; el juego continúa. Es por ello que no tiene ninguna prisa por llegar hasta allí y, aminorando el paso, respira profundamente, como preparándose para el siguiente asalto. Sin embargo, cuando finalmente se encuentran cara a cara, el desconcierto se dibuja en su rostro tan llamativamente que incluso el otro tipo parece advertirlo. No es la clase de personaje que esperaba ver. Había creído que vería a alguien inquietante, más amenazante tal vez. Al menos eso es lo que esperaba después de tantos días viendo al tipo del descampado. Casi había dado por hecho que era el mismo que ahora tiene delante. No obstante, quien lo está escrutando con la mirada es un hombre aparentemente más joven, de treinta y pocos, con el pelo castaño en el que no se atisban señales de cuándo fue la última vez que un peine pasó por él, mirada torpemente desafiante, debido especialmente a las señales de cansancio alrededor de los ojos, y un aspecto algo desgarbado en general. Todo ello envuelto en un abrigo negro que oculta una camiseta que ha visto mejores épocas y unos tejanos de un azul tan impertinente como toda la pose del individuo en sí.

—¿El doctor Héctor Alban? — le pregunta el extraño.

—Sí, soy yo. — responde.

—Perfecto. Yo soy Javier Balart. Y creo que ahora sí que tenemos que hablar.

Balart y Alban se sentaron en una mesa de la cafetería del hospital. Era la primera vez que se veían, por lo que dedicaron unos instantes a examinarse mutuamente. El doctor pudo extraer alguna que otra nueva conclusión acerca del hombre que tenía delante. Por ejemplo, que aparentaba más años de los que en realidad tenía, lo cual junto con las ojeras era señal de que se trataba de una persona que dormía poco. Su hermana Ivet era mayor y sin embargo parecía mucho más joven que él.

—No sé por qué insiste en hacerme esa entrevista. Creo que ya le dejé claro tanto a usted por teléfono como a su hermana en persona, que no tenía ninguna intención de dejar que nadie me entrevistase acerca de nada que no tuviese que ver con mi trabajo. — dijo.

—Entonces está usted de suerte. — dijo Balart. — No estoy aquí para hacerle ninguna entrevista.

—¿Ah, no?

—No, he venido para hablar de su trabajo. ¿Qué le parece?

—Pues me parece que no comprendo muy bien qué interés puede tener mi oficio para un historiador con poca o ninguna relación con la medicina.

—Yo no soy ningún historiador.

—Y sin embargo escribe artículos históricos para una revista.

—También sé sumar y restar y eso no me convierte en un matemático. En la revista escribo sobre temas que me interesan.

—Podría decirse entonces que es usted una persona interesada en la historia.

—Sí, sería una buena manera de expresarlo.

—Además de que sabe sumar.

—Y restar, no se olvide.

—Y ahora también está interesado en la psiquiatría forense.

—Más bien estoy interesado en un psiquiatra forense en particular.

Alban lo miró con expresión severa. Ese semblante permanentemente hosco era algo que Balart había detectado nada más verlo en la UCI. Pensó en si no sería molesto estar siempre con el ceño fruncido. Seguro que al final del día tenía que darle dolor de cabeza.

—¿Qué quiere? — preguntó el hombre ceñudo.

—¿Qué sabe del tipo ingresado en la UCI desde el viernes pasado?

—¿El del perro?

—Ese. ¿Cree realmente que fue un perro el que le hizo eso?

—¿Por qué lo pregunta?

—Me interesa.

—¿Y por qué le interesa?

—¿A usted no?

—Mi interés, en caso de tenerlo, no tiene por qué deberse a las mismas razones que pueda tener usted.

—Pero le interesa.

—Soy médico, claro que me intereso por los pacientes.

—¿Por todos?

—Es mi deber.

—¿Incluso por los que no están en su hospital?

Balart sonrió. El tipo era ágil respondiendo, parecía que se había estado preparando. Pero esa última pregunta no pareció gustarle demasiado. Sin embargo, permaneció callado.

—Entonces, ¿no sabe nada? ¿Ni de qué está hablando con la policía?— preguntó.

—Señor Balart, el estado de los pacientes es privado. Y lo que hablen con la policía es cosa suya. Sin embargo, yo sí tengo derecho a saber cuál es su interés por ese paciente.

—Mi interés no es tanto por el paciente como por saber qué fue lo que lo atacó.

—Bueno, en eso yo no puedo ayudarle. Tampoco lo sé.

—Pero sabe que no fue ningún perro.

—Me sorprendería que así hubiera sido, sí.

—¿Y tiene alguna idea de qué pudo haber sido? ¿Ha habido otros casos similares? — dijo Balart inclinándose sobre la mesa. Alban pareció inquietarse. — Porque verá, este fin de semana me han ocurrido varias cosas que por sí solas ya darían para una charla de lo más entretenida. Pero ha habido una que me ha traído de cabeza más que ninguna otra. Y pienso que, de alguna manera, puede que a usted también.

—¿A mí? ¿Cómo va a preocuparme algo de lo que le pueda haber pasado a usted? Mire, yo creo que… — dijo Alban comenzando a levantarse.

—Porque creo que también le pasó a usted. O quizá algo similar, algo que pueda estar conectado con lo que le ha ocurrido a ese tipo de la UCI. — dijo Balart. Alban permaneció callado, pero sin ninguna intención de irse.

—¿De qué está usted hablando?

Entonces Balart puso sobre la mesa una bala de plata en la que se podía leer Bonn.

—¿Le suena? — preguntó. El doctor abrió tanto los ojos que Balart pensó en poner las manos abiertas bajo su cara para cogerlos al vuelo en cuanto cayesen de sus cuencas.

—De modo que fue usted… — dijo al fin. — Pero, ¿cómo?

—Entrando en su piso y cogiéndola.

—¿Qué quiere decir entrando en mi piso y cogiéndola? ¿Acaso su hermana tiene algo que ver en todo este asunto?

—Nada en absoluto. Lo único que ella quiso desde el principio fue intentar que usted me concediera una entrevista. Ante su negativa, me tuve que espabilar yo solo.

—Ya veo. Por algo no me fío de los periodistas y por algo no me fiaba de usted.

—Tampoco soy ningún periodista.

—¿Entonces qué diablos es? — preguntó manifiestamente irritado.

—Alguien que necesita su ayuda.

—¿Mi ayuda? ¿Primero me roba y ahora quiere que le ayude?

—¿Que le robo? ¿Cuándo le he robado yo?

—¿Cómo que cuándo? ¡El día que se llevó eso de mi casa!

—¿Esto? Ah, pero si esto no es más que una bala cualquiera. De escopeta, más concretamente. La verdad, no creía que fuese a dar el pego, pero parece que anda usted tan alterado que ni se ha fijado en la evidente diferencia de tamaño. Y eso por no hablar de esta inscripción tan chapucera. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien que ha vivido en Bon desde pequeño poner el nombre del pueblo con dos enes? ¿Se pensará que estamos en Alemania? Desde luego, es cierto que ese botones no es muy espabilado…

—Pero… — dijo Alban no dando crédito. — ¿Cómo se atreve? ¿A qué narices juega?

—Tranquilícese doctor, necesitaba que me confirmase de una vez que había tenido una bala de plata. Sabía que si volvía a preguntarle se cerraría en banda como ha hecho siempre. Ahora que me lo ha confirmado, ya no podrá negarlo más y la conversación será más fluida.

—Pero un momento… Entonces, si no fue usted el que entró en mi piso…

—Sí que fui yo. Culpable. Pero en ningún momento quise llevarme nada. Pero así fue.

La ira de Alban chisporroteó en su mirada. Era increíble cómo aquel tipo, a su edad[1], seguía conservando tanta mala baba.

—Así fue… y también creerá que así se va a quedar, ¿verdad? — le espetó.

—Mire, sé que no tenía derecho a entrar en su casa y hacer lo que hice, pero ahora no es el momento para hablar de eso. De todos modos, la bala duró poco en mis manos ya que a mí también me la quitaron. Pero ahora lo importante no es eso. Ahora lo importante es que la vida de alguien puede estar en peligro.

—¿La vida de alguien? ¿Se puede saber qué más ha hecho?

—¿Además de robarle? Nada. Créame, desde el primer momento en que toqué esa bala lo único que he procurado ha sido intentar que no me maten a mí. Lo cual me hace pensar que quizá usted también haya tenido sus problemas para seguir de una pieza.

Alban se recostó en su silla y se cruzó de brazos.

—¿Quién corre peligro? ¿Quién más está involucrado en este asunto? — preguntó.

—Una chica que también buscaba esa bala. Cuando estuve en su casa intentó entrar.

—¿Mara? — preguntó Alban volviendo a erguirse en su silla.

—¿La conoce?

—Claro que la conozco. Y no estaba intentando entrar en mi casa, tal y como usted hizo. Yo le di unas llaves para que pudiera hacerlo.

Balart estuvo tentado en decirle que él tampoco intentó nada, que también tenía llaves. Pensó además que esa sería una manera formidable de complicar más las cosas, y por tanto prefirió callarse. Mirando a Alban, tuvo la impresión de que en su interior parecía estar librándose una batalla. Posiblemente ahora estaba en ese momento en el que, teniendo que decidir qué camino tomar, buscaba un árbol al que subirse para tratar de ver cuál era el más apropiado. Otros señalarán que, más que el camino bueno, lo que Alban pretendía era ver el bosque entero desde la copa de ese árbol que se lo impedía. Y otros dirán que lo que estaba haciendo era averiguar qué puerta le resultaría más útil para salir corriendo de ahí. Nosotros, que sabemos de qué va esto, diremos que había un poco de todo y que por eso al final siguió ahí sentado. Por eso y porque, en fin, adónde iba a ir. Ese tipo acababa de decirle que había entrado en su casa sin aparente dificultad. Prefirió quedarse e intentar averiguar qué más había hecho y, sobre todo, que más tenía pensado hacer.


[1] En ese entonces el doctor Alban tenía sesenta y dos años, aunque Balart más tarde admitiera haberle echado unos setenta. Aunque en su caso, se debió más a su inutilidad para acertar con las edades de la gente que con el aspecto del doctor.

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