Balas Perdidas —23 by Lucas Corso

23

El cuadro era siempre el mismo. Independientemente del día y la hora y a pesar de las inclemencias del tiempo, la imagen siempre se repetía. Y al doctor Héctor Alban eso le llamó la atención. Cada mañana, cuando levantaba las persianas de su habitación, ahí estaba, en mitad del descampado que había detrás del edificio. Y también cuando regresaba por la tarde, incluso en esas raras ocasiones en las que, sin habérselo propuesto, volvía antes de lo previsto o encontraba un hueco para poder comer en casa. No importaban las variaciones en su rutina; el hombre de la furgoneta blanca siempre estaba ahí, recostado en el capó del vehículo. A veces más abrigado, otras simplemente en mangas de camisa, con el paraguas abierto cuando la ocasión lo requería o incluso envuelto en un chubasquero, pero siempre con un sombrero y esa extraña pose, como si estuviera esperando algo. A Alban le recordó a alguien que aguarda en la cola del cine, sin prisa, sabiendo que tarde o temprano llegará su turno. Sólo que ahí no pintaba nada, era una estampa ilógica. Fumando un cigarrillo que parecía ser siempre el mismo, ardiendo interminablemente entre sus dedos y en su boca, y expulsando un humo que Alban tenía la sensación de poder respirar, aquel individuo no era más que una figura totalmente fuera de lugar, ajena al paisaje que lo rodeaba. No hacía ni dos semanas que había regresado de Inglaterra, pero no había dejado de verlo ni un sólo día. A veces, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a la ventana con un libro que ni siquiera abría y lo observaba. Y aunque nunca sucedía nada, aquella monotonía no evitó que se interesase por él. Perfectamente podía ser alguien que simplemente iba allí a relajarse, como el que va al parque a ver la vida pasar apaciblemente. Alban pensó que sus horarios, por muy improbable que pudiera parecerle, coincidían de alguna manera y por eso siempre lo veía en el mismo lugar. Sin embargo, una noche en la que no podía dormirse, pudo constatar que ahí seguía. Mirando por los agujeritos de su persiana, vio la pequeña luz incandescente del cigarrillo y la estirada figura del tipo tenuemente iluminada por la luna. Aquella noche no consiguió dormir, y cuando al día siguiente comprobó que seguía ahí, bajó en su busca. Tenía que aclarar aquello. Seguramente no era de su incumbencia, y tal vez había una explicación en la que no había pensado, una justificación que le hiciera ver que estaba haciendo el ridículo. Pero cuando dio la vuelta al edificio y llegó al descampado, no lo encontró. Ni rastro del tipo ni de la furgoneta. Aun así, estando ahí abajo y mientras miraba a su alrededor, tuvo la extraña sensación de que todavía estaba cerca, en alguna parte. Incluso llegó a pensar que, de algún modo, había conseguido entrar en su piso y no sólo eso, sino que además había podido introducir su estúpida furgoneta en el salón. Y desde allí arriba, recostado nuevamente sobre el capó, lo observaba. Era como si se encontrara al otro lado de un espejo en el que había estado mirándose durante días sin que éste nunca le hubiese devuelto su reflejo y que, sin embargo, no había dejado de transmitirle algo que tenía alguna relación con él. Pero nada de eso tenía sentido. Aquel tipo seguramente estaría ahí por algún motivo, y ese motivo no tenía nada que ver con él. Pensar lo contrario era un disparate. Pero entonces, al volver arriba ese día y mirar de nuevo por la ventana, lo que vio lo dejó atónito: el tipo volvía a estar allí. Y no sólo eso, sino que además parecía estar mirando justo en su dirección. Alban creyó ver cómo incluso le saludaba con un pequeño gesto con la mano que no sostenía el cigarrillo.

Desde entonces, el doctor tuvo que aprender a convivir con su presencia, y aunque no se conformó con cruzarse de brazos, poco más pudo hacer: no importaba cuántas veces fuera en su búsqueda, nunca lo encontraba. Fue en uno de esos días cuando decidió no volver a levantar las persianas, hacerle comprender al tipo que ahí ya no había nada que ver, que ni siquiera había nadie viviendo. Pero no importaba; sabía que seguía ahí y el tipo también sabría que él no se había marchado. Se sintió avergonzado de su comportamiento. Él era psiquiatra, debía saber cómo controlar la situación y que aquel enclaustramiento no era la manera de hacerlo. Tenía que enfrentar el problema, y si el problema se mostraba esquivo, recurrir a profesionales. La policía, por ejemplo. Le llamó la atención que todavía no hubiera aparecido. Era obvio que algún vecino también debía haber visto que aquel tipo no se movía de ahí. Era motivo más que suficiente como para intuir que algo tramaba. Claro que, por otra parte y por muy sospechoso que pudiera parecer, no era más que eso: un tipo con una furgoneta en un descampado. Digamos que no era un lugar que diera pie a grandes acciones criminales, si acaso llenarlo de agujeros que, una vez camuflados, sirvieran para torcer los tobillos de los incautos paseantes que por allí deambularan. Pero no se lo veía muy por la labor. Simplemente era un hombre apoyado en su vehículo. Si lo viéramos en cualquier otra parte, no nos llamaría tanto la atención. Al parecer, ni siquiera ahí lo hacía, pues nunca nadie a parte de Alban se había acercado hasta él para preguntarle el motivo de tanta espera, ni se había personificado ningún agente de la ley a exigir la respuesta al enigma. Sin embargo, Alban no dejaba de pensar en él. Y entonces llegó a la conclusión de que si realmente él era el único que no se lo quitaba de la cabeza, tenía que deberse a algo. Y sospechaba a qué. Lo que no había imaginado hasta ese momento era que esa bala de plata que había estado guardando fuese tan importante como para que ahí, a miles de kilómetros de distancia, continuaran acechándolo.

En Inglaterra fue distinto. Una vez que tuvo la bala, rápidamente comenzó a notar que sus días allí estaban contados. Nada de hombres con furgonetas plantados frente a su casa. En West Proctor, todo el mundo comenzó a mirarle de un modo extraño; incluso aquel bobalicón que no hacía más que asustar viejas con sus bromas. Recibió anónimos en su buzón, avisándole de que si no la devolvía inmediatamente, habría consecuencias. Hasta en una ocasión le hicieron una visita, aunque por suerte él había salido. Claro que eso no fue impedimento para que entrasen y dejasen su casa patas arriba. Sabía lo que habían ido a buscar y sospechaba también que, de haber estado él allí, no se habrían ido con las manos vacías. Aquello fue lo último que necesitó para tomar una decisión. Sabía que no podía contar con la policía, no desde que aquel chico llegó pidiéndole ayuda. Después de hablar con él y hacer algunas averiguaciones, supo que ya no podría fiarse de nadie en West Proctor. Luego ese chico desapareció por completo y supo que muy probablemente él acabaría haciendo lo mismo. Y puestos a hacerlo, prefirió que fuese por voluntad propia. Pensó que así tal vez se olvidarían de él. Y si no lo hacían, como mínimo lo dejarían en paz. Pero contemplando al hombre de la furgoneta, comprendió que se había equivocado. Aquello no tenía visos de haberse acabado. Comenzó a barruntar que tenía que deshacerse de la bala, pero había hecho una promesa. Y por otro lado, si ese tipo del sombrero finalmente se decidía a ir en su busca, sería mejor tener algo que ofrecerle. No estaba dispuesto a volver a huir. Por lo que a él respectaba, ya había hecho todo lo que estaba en su mano. Pero luego todo se complicó inesperadamente y comenzó a verle las orejas al lobo. Y entonces, cuando ya creía que tal vez acabaría viéndole algo más que las orejas, apareció la solución de la manera más inesperada: alguien entró en su casa y se llevó la bala. No obstante, en esa segunda ocasión habían sido más cuidadosos con sus cosas.

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