Impacto Carnal

by Adriana Marcela Duque Salas

El impacto fue desastre. Una cavidad que augurio el cambio en la zona. La ejecución de la operación “Orquídea” en parte del corazón de la Amazonia. Pálpitos estruendos surgidos de gritos de seres, muriendo entre posteriores silencios vacíos desérticos. No queda nada. Y se aviene una construcción de nuevas estructuras a raíz de la propia muerte. Una transacción mortal. Un cambio. Un fenómeno que no es paranormal en estos tiempos. Vida extraterrestre en el planeta tierra. La Roca. La misma ira humana encarna en “Piedras extranjeras”. Extraterrestres. ¿Un ataque o el azahar? Física moderna. El movimiento espacial de un astro premeditado, que engaña la inocente mente humana. La mismas duda. La Roca imposible de remover desde un palacio egipcio o romano, por la importancia histórica. Como recrea el ser humano cadenas de sentimientos y creencias incluso ajenas. 

Sí, un meteoro cayó desde el espacio. ¿Por la fuerzas de la gravedad? ¿Explosiones de estrellas imposibles de maniobrar? ¿Dónde estabais los agentes espaciales? ¿Somos Neandertales en proceso de evolución? ¿No merecemos sobrevivir? ¿Somos cuestión de azahar? 

¿Quién vive, quién muere? Una gran pregunta de nuestra época cargada de lujo y desigualdad. En fin. Solo, en este escritorio, cuento lo que sucedió en un terreno hostil y lleno de riquezas. Donde habita el demonio y la plenitud. Soy un sobreviviente de esta historia bastarda y sin sentido. 

Una mañana, entre una taza de chocolate y mi desayuno “paisa”; arepa con aliños (tomate y cebolla) y queso, sentí que el mundo llegaba a su término. Del chocolate, solo recuerdo ondulaciones, zigzagueos que sobresalían de mi taza de diseños ornamentales de rosas, muy de la época de mis abuelos. Y, con la mente fija en na pequeña rosa, quedé estupefacta al instante por un segundo, casi perdiendo la vida al unísono, sino fue sentir el tintineo de mi taza sobre la mesa de cristal, que me despertó de un solo golpe. Al mismo tiempo una gran explosión aturdió mis oídos. Quedé casi sorda. Sin cristales en la habitación. Temblaba la tierra. Comenzaron a caer las partes altas de los edificios. 

Entre la adrenalina, corrí de inmediato a la puerta. Todo era humareda. Grisáceo como una manda de aves de invierno, revoloteando. Me encontraba sola en la estancia. No sabía muy bien a dónde ir. Para mí, mis vecinos eran poco cercanos. Sufría el estigma de Esquizofrenia paranoide. Al instante, pensé, esto es una enfermedad. Pues mi vecina del tercer piso me miró fijamente a través del ventanal con miraba de reprobación. 

Pero, ¿qué sucede? Mi vecina había muerto el año pasado. Todo esto no podía ser real. De inmediato aliste una maleta con lo más necesario. Dinero, documentos, y algunas prendas de vestir. Me fije por la ventana y no había nadie, sin embargo el flujo grisáceo continuaba y la gente estaba en una especie de pánico. 

Me entro la inseguridad acerca del salir fuera. Me senté en el sofá. Prendí la tele. Alguien tocó a mi puerta. En la tv, hablaba el Presidente de Colombia en las cadenas nacionales, pero en las demás, se hablaba de un meteoro, y cada gobernante de cada país, a menudo interrumpía para hablar, según la cadena radial. 

Quedé conmovida e inquieta, mientras me acosaban en el timbre de la puerta de casa. Era, mi vecina de enfrente. Nunca me hablaba. Quería pedirme el favor de ver la tele, la suya se había averiado, había quedado sin luz entre el temblor. 

Vaya. Abrí la puerta. No tenía escapatoria. Nos quedamos escuchando las noticias, mientras las calles estaban hechas un caos. 

Y, en un segundo, entré en pánico. Porque empezaron a ocurrir una serie de acontecimientos impredecibles. Querría decir, paranormales. Fuera de lo normal. Donde una persona común como yo, no tiene cavidad. 

Alguien entro por mi ventana y amenazo a mi vecina, llevándose mi dinero. Yo no tuve oportunidad de pensar mucho. Lo dude, puesto que no tenía relación estrecha con ella. Sin embargo, entre es un estado de compasión extraña y entregue el dinero sin más. Ella me agradeció, quiso abrazarme, yo la evadí y la eche de casa inmediatamente. 

Ahora no tenía como huir, pero tampoco tenía a dónde ir. Y mucho menos a quién llamar. Cogí el teléfono, llamé al 911. Contestó una chica y colgué con disgusto. Tenía un acento extraño. Me molestó. Busque un vuelo a España a buscar a mi madre, pero no funcionó. Estaba averiado el sistema de la red. Tenía que ir al aeropuerto. Los bancos no funcionaban de forma virtual. Todo estaba en caos. 

Estaba sola entre lo caótico que podría llegar a ser haber sobrevivido a un meteoro que impactó la tierra. No sabía la magnitud del evento, pero todos estaban como locos. Y al final, no sabía para dónde huir. Pero quedarme, sería quizá arriesgarme a la muerte mismas. 

Volví al sofá y a la tele. Todos decían que evacuáramos, pero no había un buen sistema de evacuación. En los países en vía de desarrollo, no se prevé estas catástrofes.

Me quede con la mente en blanco. No pensaba nada. Creía ya que era un final próximo. Igual, siempre me acompaño la soledad, pensé. Y en ese instante sonó mi teléfono móvil con una llamada sospechosa. 

Hola, escuche al interlocutor decir. 

Quedé muda. No reconocí la voz. 

Hola, ¿estás ahí? 

Sí, sí, sí. Perdona. Conteste. ¿Con quién hablo? 

Con alguien a quien le preocupas y aquí estoy, en tu puerta. 

No pronuncie palabra. Ni moví un dedo. Colgué el teléfono. Y me entro un escalofrío por todo el cuerpo. Un mareo insoportable. Se me bajo la presión. Me debilite. No podía respirar. Y me desmaye. 

Cuando abrí los ojos, él estaba allí. Le recocí de inmediato. Mi amor de niñez. 

Entre inocencias y juegos vivimos muchas experiencias. Y ahora, entre la vida y la muerte. Me incorporé. Lo miré a los ojos, casi incrédula de lo que estaba pasado. Y sentí un calor apasionado y aterciopelado beso. Por un momento fui feliz. Entre una jaula de fieras.  

Sabíamos que podría ser el final. Sin embargo nos agasajamos en el sofá incorporándonos juntos en abrazos y besos y placeres sexuales exquisitos, cargados de adrenalina, casi que al borde de un abismo fantasmal de la muerte. Se escuchaban gritos, muchos golpes fuertes, muchos ruidos de diversa índoles al derredor, pero la pasión era inaguantable. Al estilo de Cleopatra y Marco Antonio, casi seguro, poderío entre las venas, aun entre organismos anónimos e inexistentes para la fama terrícola. 

Las explosiones continuaron su curso, mientras los amantes, ajenos a las plegarias de los caídos y los fenómenos ocurridos en la corteza terrestre, se amaron. 

Y una ráfaga de luz incandescente golpeteo con fuerza un extramuros de la casa donde habitaban, matando al amante. Y la Fémina, reluciente, brillante y débil ante el umbral de la muerte recurre al suicidio. Pero, en vano. Su madre, entra en el momento indicado. Salva la criatura. Y ahora sobrevive a fuerza de lidias en un sanatorio. Sin poder olvidar, Por qué no pudo ser otra víctima mortal de gran meteoro que cambió la humanidad. Una especie de reina espacial. 

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