Balas perdidas -09 by Lucas Corso

Pasear por la noche. ¿Quién no lo ha hecho? Bien es verdad que las noches de verano son las más idóneas, pero el invierno (con esa mala fama tan inmerecida) también nos da sus treguas para permitir que podamos gozar de este tipo de actividades con nocturnidad y sin alevosía (según las intenciones, claro está). Por nuestra parte, no tenemos intención de salir ahí, a estas horas, a sembrar el pánico por las calles de nuestra ciudad. Y mucho menos este simpático hombrecillo que, mírenlo, va paseando a su perro con una expresión en la cara en la que no se atisba ningún tipo de maldad. En el perro tampoco podemos observar intenciones feroces, es este un perro como cualquier otro acostumbrado a la vida de barrio, de casa al parque y del parque a casa, con alguna que otra modificación en el trayecto día sí, día no y, generalmente, tirando de una correa agarrada por la misma mano de siempre. Lo máximo que podríamos esperar de él es un ladrido a un gato como el que acaba de ver trepando a un muro, o a una solitaria furgoneta que pasa junto a ellos, o incluso a nosotros mismos si apareciésemos de golpe al girar una esquina, con la consiguiente cara de espanto del dueño, del que no podríamos adivinar si se ha asustado por nuestra súbita aparición o por el ladrido del animal, quién sabe si tal vez por las dos cosas. En fin, todo esto para decir que tanto dueño como mascota son mansos y, muy seguramente, más que fiables.

Pues ahí van Enrique, que así es como se llama el hombre, y Mago, que así es como llaman al can, camino de un parque muy cercano al hogar de los dos, dispuestos a dar el último paseo del día; eso sí, más tarde de lo normal. Y es que la ajetreada vida de este oficinista con más trabajo que reconocimiento recibe por el mismo tiene estas cosas: uno sabe cuándo sale por la puerta de su casa pero no cuándo volverá. En este caso son dos los trabajadores altamente ocupados, marido y mujer, por lo que no ha habido posibilidad de que Mago haya podido salir a su hora habitual y ha tenido que esperarse hasta la hora de los búhos. Tal vez por eso no se despegue demasiado de Enrique: todavía es joven y nunca antes había visto tanta oscuridad junta. Suerte que este es un parque bien iluminado y, aunque la luz no sea la misma que en otras ocasiones más matutinas, igualmente la aprovechará.

En la vida de este oficinista no ha habido espacio para grandes acontecimientos, de esos dignos de figurar en el recuerdo de la gente, entre las páginas de los periódicos que ojean o de los libros que leen. Eso mismo ha pensado muchas veces él mismo, planteándose si no sería mejor intentar dar un cambio a una existencia tan poco dada a las vueltas de tuerca inesperadas. Pero a personas tan poco acostumbradas a la aventura no podemos pedirles que lleven siempre la brújula y el mapa en el bolsillo, por lo cual es normal que, cuando esos pensamientos de cambio cruzan su mente, no sepa muy bien para dónde tirar. Se desorienta uno y acaba aceptando que ya no son horas de ir armando jaleo, o lo que es lo mismo, que ya es un poco tarde para comenzar a vivir. Craso error este, pues como es conocido por todo el mundo (o debiera serlo), nunca es tarde si la dicha es buena.

Lo que muchos no saben, y Enrique no es una excepción, es que en no pocas ocasiones ese giro viene sin haberlo buscado, a veces sin ni siquiera quererlo. Será el caso de este hombre y su perro, a quienes la fortuna ha reservado un espacio en esos periódicos. Los acontecimientos acaecidos aquella noche de invierno todavía no han sido del todo esclarecidos oficialmente debido a su naturaleza extraña, ilógica. Hubo quien incluso se apresuró a catalogarlos de paranormales, aunque nosotros no nos aventuremos a decir tanto ya que entonces esta historia acabaría metiéndose en unos jardines de los que difícilmente podría salir airosa, esto es, conservando ese mínimo de credibilidad asegurado al comienzo de la misma. No obstante, comprendemos a los que piensan que lo ocurrido a Enrique y Mago tenga que ver más con lo fantástico que con lo terrenal, pues las características de lo que está a punto de suceder así parecen demostrarlo. Además, el hecho de haber tenido lugar en una fría noche de invierno, junto con otros aspectos señalados en los distintos artículos escritos a posteriori, ayudan a magnificar hechos que, de no haber ocurrido en esas circunstancias, serían una noticia más entre todas las que acostumbramos a leer en los periódicos o ver en los noticiarios, si es que hasta esas cotas llegara.

En todo caso, lo cierto es que Enrique se encontró con lo inexplicable, no queriendo decir con esto que se diera de bruces con un fantasma, recuerden que en infinidad de casos son los mismos actos los que no tienen explicación, sin necesidad de recurrir a elementos de ultratumba. Que una persona con una vida absolutamente normal desaparezca es un acto inexplicable hasta que alguien lo encuentra o reaparece para dar explicaciones; que un individuo mate a otro puede resultar igualmente inexplicable hasta que se lo juzgue y se esclarezcan los motivos; incluso la muerte repentina del que una noche se va a dormir y ya no se vuelve a levantar nos sorprende en más de una ocasión diciendo cosas como “es que no me lo puedo explicar”, hasta que llega la autoridad médica competente para decirnos que nada de eso, que lo que estaba haciendo esta persona de tan avanzada edad era vivir años de más. Aún así, que nadie se sorprenda si tras esa revelación afeamos el semblante al susodicho: la pena, mucha o poca, no entiende de edades.    

Lo llamativo de este caso en particular, nos referimos a Enrique y a su perro, o lo inexplicable, por seguir en la misma línea que veníamos trazando, no es que desapareciera, que no lo hizo, o que lo matasen, que por increíble que les pueda parecer en la siguiente oración tampoco, o que se muriera él solo, pues a día de hoy sigue vivo. Lo sorprendente de este suceso es que a Enrique se lo comieron. Y nótese que nos referimos sólo a él y no al perro, ya que a este no le tocaron un pelo. Pero a su dueño se lo comieron; al menos en parte, pues como hemos señalado, todavía sigue vivo. Y si su historia tomó tintes más extraños si cabe, casi paranormales como ya se ha indicado anteriormente, fue por la declaración que él mismo dio de lo sucedido. Una declaración que no sólo mereció figurar en los periódicos sino que también logró llegar hasta los mismos noticiarios televisados, logrando de la manera más macabra y cruel esa vuelta de tuerca en su vida con la que tanto había soñado.

Aquella noche de viernes, Javier Balart condujo de vuelta a su apartamento en un estado de agotamiento similar al de la jornada anterior y con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Y sin embargo, ese día todavía le tenía reservada una última sorpresa. Tras los acontecimientos sucedidos durante el mediodía, no creyó que el hecho de tener que acudir a la reunión de la revista jugara a su favor, pues debía partir hacia Bon lo antes posible. En la revista había problemas y él era parte fundamental de la solución, pero algo le decía que lo verdaderamente importante era seguir de cerca todo lo relacionado con las balas de plata. Sabía que era algo significativo, algo en lo que tenía que trabajar hasta conseguir entender toda la situación y poder formar una historia con la que ayudar a que la revista finalmente despegara. Se había escrito mucho sobre el tema, pero en su mayor parte no eran más que artículos basados en conjeturas. Ahora él tenía la oportunidad de escribir algo basado en hechos; hechos que, por otra parte, él iba a presenciar. Pero no podía dejar de lado el trabajo que había venido haciendo en las últimas semanas, eso muy probablemente trajese muchos más problemas que soluciones.  

La reunión había sido larga y algo tensa. Por primera vez se enfrentaban a un número especial y la cantidad de trabajo no era la que acostumbraban a manejar. Habían contratado a tres redactores nuevos para la ocasión, con posibilidad de permanencia dependiendo del resultado y, al menos en dos de ellos, no estaba siendo el esperado. Y aunque todavía quedaba algo de margen para maniobrar, no querían arriesgarse a que ese golpe de timón resultase lo suficientemente brusco como para hacer tambalear más de lo deseado la embarcación. Había que andarse con cuidado, la luz roja parecía que finalmente iba a encenderse. Balart siempre supuso que sería simple cuestión de tiempo que acabara sucediendo, lo malo de crecer es que los problemas lo hacen al mismo ritmo, por lo que nadie realmente esperaba demasiadas caras de sorpresa al escuchar la alarma. Con tener los extintores a mano bastaba para seguir adelante. O eso querían creer. La cuestión era que ahora él se veía con un bidón de gasolina en una mano y un cubo de agua en la otra. Tan sólo con ese cubo no iba a conseguir apagar ningún posible incendio, pero desde luego lo que no iba a ayudar era la mera idea de comenzar a desenroscar el tapón del bidón. Fue Valdemar el que le acabó de convencer.

—No me digas que tienes miedo de que un hombre lobo te vaya a perseguir por haber cogido una de esas balas. — le dijo.

—No seas gilipollas, Valdemar. — replicó Balart. — Claro que no me va a perseguir ningún monstruo, y mucho menos ahora que ya no tengo nada. Pero desde luego alguien me ha seguido hasta mi apartamento y ha entrado mientras yo no estaba. A mí me parece suficiente como para plantearse qué hacer, si seguir o no.

—¿Sabes lo que me costó conseguir la llave del piso del doctor ese?

—Y le hemos sacado provecho. La queríamos para entrar y averiguar si existía esa bala, ¿no? Pues ya lo sabemos.

—¿Y de verdad te quieres quedar ahí? ¿Dónde está el Balart que conozco, ese que lleva al comisario Moron por la calle de la amargura? — preguntó Valdemar. Él lo miró negando con la cabeza.

—Voy a ir a Bon. Pero tú te encargas de lo que pase aquí en caso de que esta historia se alargue más de la cuenta.

—Tranquilo, yo te cubro. La revista acabará saliendo de una forma u otra.

—Más nos vale. — dijo Balart levantándose y saliendo del despacho de su socio.

—¡Ah, otra cosa! — escuchó a Valdemar. Se giró y lo miró. — Cuidado con la luna

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