Balas Perdidas -08 by Lucas Corso

¿Y la bala? ¿Seguiría donde la escondió? Tendría que asegurarse, pero antes debía acabar su inspección. Decidió entrar primero en la habitación de la puerta abierta, la suya. Balart era un ave nocturna y, además, un ávido lector. La suma de estas dos características había hecho mella en su visión. Sin embargo, su oído lo conservaba perfectamente y había estado prestando atención para intentar escuchar el más mínimo sonido que le resultara anormal. Hasta ahora, todo indicaba que estaba solo en el apartamento, pero sus cansados ojos se empeñaban en querer formar parte del juego y asegurarse también de las conclusiones que emitían los oídos. Se asomó lentamente al interior de la habitación. Vacía. No tenía sentido mirar en el armario: ahí dentro no podía meterse nadie a no ser que el intruso fuese un niño menor de cinco años. Altamente improbable.

Tan sólo le quedaba la habitación de invitados. Balart se acercó a la puerta y escuchó con atención. El mismo silencio insolente que había estado escuchando desde que entró. Sintió que llevaba tres días registrando su apartamento.

—Estoy harto de esto—se dijo. Entonces tocó a la puerta enérgicamente — ¡Voy a entrar! — gritó.

Abrió la puerta de par en par. Al parecer, se había quedado sin premio ahí también. El intruso, fuese quien fuese, tan sólo se había dedicado a caminar por el pasillo y mojarle el parqué.

—No sólo… — se dijo.

Corrió hacía el salón, saltó sobre un sillón junto a un gran mueble con libros y metió los dedos tras él. Hizo un poco de fuerza y desencajó una de las maderas que hacía de estantería. Volvió a ponerse frente al mueble y la sacó. La colocó sobre la mesa y observó que la bala seguía justo ahí detrás, enganchada con cinta adhesiva. Aliviado, se sentó en el sillón. Inmediatamente después se volvió a levantar y voló hacia la puerta de entrada. Cerró con llave y la dejó puesta en la cerradura. Las puertas del balcón y las ventanas estaban cerradas y en ninguna de ellas había señales de que hubiesen sido forzadas. Tampoco en la puerta de entrada. Quienquiera que hubiera entrado, lo había hecho con una llave o algo parecido. Quizá una ganzúa. Entonces se quedó todavía más petrificado que cuando vio las pisadas. Al fin la tormenta aparecía ante él en forma de imagen. Una imagen tan real que prácticamente la podía tocar. Una imagen que, aun estando en su mente, tenía la absoluta certeza de haberla visto en algún lugar: la imagen de una alfombra torcida en el suelo. Y a esa imagen la siguieron otras que también había visto antes, aunque ninguna de ellas en ningún sitio en el que hubiera estado. Al menos despierto. De nuevo en el pasillo, Balart recordó el único rincón en el que, por resultar demasiado obvio, no había mirado. Y anduvo los pocos metros que lo separaban de su habitación con esa terrible figura perfectamente dibujada ante él, la única que en algún momento u otro todo el mundo ha visto de mil maneras distintas: la del monstruo debajo de la cama. Y sin embargo, no sintió ningún miedo.

El miedo, esa sensación tan familiar y a la vez tan singular que aparece bien cuando estamos ante lo desconocido, bien cuando somos conscientes del peligro al que estamos expuestos, bien cuando no vemos qué hay más allá de nuestras narices, al otro lado de una puerta, tras una curva oscura en la carretera o en el interior de un sobre con los resultados del último análisis médico. Pero esta vez era diferente: Balart sabía lo que iba a encontrar, y tal vez por eso sintió emoción y no miedo. Sabía muy bien que, una vez volviera a entrar en su habitación, tan sólo tendría que girar su cabeza a la izquierda y mirar hacia la cama para comprobar que, efectivamente, la pequeña alfombra de Nadia, puesta en su lado de la cama y que él todavía no se había atrevido a quitar, estaba prácticamente metida debajo. Ese había sido el relámpago de la tormenta; el trueno no se hizo esperar demasiado. Cuando hincó su rodilla en el suelo y tuvo el cuchillo preparado, el trueno restalló en su cabeza en forma de golpe. Balart cayó entonces al suelo y a punto estuvo de acabar clavándose él mismo el cuchillo. Con la imagen de la vieja de Psicosis metida en su ducha y comprendiendo lo que antes no pudo comprender, vio cómo alguien saltaba por encima suyo y corría por el pasillo hasta desaparecer en el salón. Escuchó entonces las llaves de la puerta y ésta abriéndose bruscamente. Se levantó tan rápido como pudo y, llevándose una mano a la cabeza, salió corriendo de la habitación. Tal y como había escuchado, encontró la puerta del apartamento abierta, pero no vio a nadie fuera. Sin duda debía haber bajado ya algún piso. Sintió una especie de déjà vu al verse persiguiendo otra vez a alguien escaleras abajo, puede que incluso a la misma persona, pero esta vez tenía un aliado: el ascensor. Lo encontró en el piso de abajo y, sorprendido de que el intruso no lo hubiera cogido, se introdujo y pulsó el botón. Sólo cuatro pisos y lo cazaría. No había manera humana de bajar más rápido que ese trasto, por viejo que fuese. Además, con suerte todavía podría desprenderse de una vez por todas de sus cables, incrementando así sensacionalmente su velocidad de bajada. No fue así, para desilusión de Balart, quien en la emoción del momento ni se había planteado que semejante catástrofe pudiera costarle algo más que un simple incremento en la cuota vecinal de cada año. Sin embargo, no sería esta la única decepción con la que se tropezaría, ya que una vez hubo llegado abajo, y tras mirar hacia arriba por el hueco de la escalera, pudo constatar que volvía a estar solo.

—Imposible… — murmuró.

No podía ser, de ninguna manera podía haber bajado antes que él. Corrió hacia la puerta de entrada, salió a la calle y miró a un lado y a otro con el mismo resultado.

—¿Cómo lo ha hecho? — se preguntó — ¿Cómo ha podido bajar tan rápido?

Observó a un tipo con un carrito amarillo y una gorra del mismo color leyendo un papel y le preguntó si había visto a alguien salir del portal.

—A nadie, aparte de a ti. — le contestó.

—¿Está seguro? Ha salido corriendo.

—Ya te digo que no.

—Ha tenido que verlo. Acaba de salir. — insistió Balart.

—Oye, ya te he dicho que no. — dijo el hombre irritado. — No tengo tiempo para ver quién entra y quién sale de los sitios. Yo sólo soy un simple cartero.

Balart se negaba a darse por vencido. Pensativo, miró hacia arriba. Entonces se sintió como si le hubiesen timado y estuviese a punto de descubrir cómo. Siete pisos en total, un edificio no muy alto. Él vivía en el quinto. La tarde anterior había perseguido al intruso escaleras abajo porque estaban en un noveno.

—Falso… – se dijo.

Corrieron escaleras abajo porque era la única opción, estaban en el último piso. Pero esta vez era distinto, el intruso bien podía haber echado a correr escaleras arriba. Primer error. El segundo fue haberse dejado la puerta del apartamento abierta.

—¡Mierda! — gritó en el mismo instante en que de nuevo comenzó a correr hacia el ascensor.

Se metió y aporreó el botón con el número cinco grabado. Estuvo mirando hacia arriba todo el trayecto, como si eso fuera a hacer que subiera más rápido. Una vez llegó comprobó que, efectivamente, la puerta de su apartamento estaba abierta. ¿Estaría ahí dentro? Tercer error: al ir en ascensor no pudo ver si alguien bajaba por las escaleras. Pero ya era inútil comprobar si había alguien bajando o subiendo; ahora tenía que entrar ahí y comprobar por segunda vez que todo estuviese en orden o, como era habitual en él, volver a tropezar alegremente con la misma piedra. Esta vez, sin embargo, se aseguraría de arrancarla del camino.

No obstante, en esa ocasión no tuvo que asegurarse de nada. Desde donde estaba podía ver la estantería que había puesto sobre la mesa. Entonces tuvo la certeza de que tras ella ya no encontraría nada enganchado con cinta adhesiva. Ahí, parado en medio del pasillo frente a su apartamento, la sensación que tuvo le resultó muy extraña. Sintió como si de repente hubiese perdido un tren en el que hasta no hacía mucho creía ir montado, y lo habían echado de la manera más estúpida. Casi podría decirse que se había bajado él mismo. Entró en el apartamento y de pie en el salón observó el pasillo y su habitación. La puerta del armario estaba abierta y seguramente fue lo que le había golpeado al abrirse. Pero eso significaba que en realidad, y al contrario de lo que él había imaginado, sí que había habido alguien escondido ahí dentro. Y no obstante no se explicaba cómo lo había hecho. ¿Acaso era un duende? Ningún hombre adulto cabía ahí, y no se imaginaba a un niño detrás de todo eso; eso sí que era imposible. No había niños en esa historia y, si los hubo, tristemente estaban muertos o desaparecidos. Claro que en ocasiones la muerte no es razón suficiente para descartar nada, sino un detalle menor que no hay que tener muy en cuenta. Pero eso era algo que Balart todavía no sabía. No obstante, no tardaría mucho en descubrirlo.

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