La tía Antonia (A Antonia Orsili de Moro) by Raúl Feroglio

En dos mil uno se la llevó de los hombros

un tumor que había crecido más que su esperanza.

Si por ella hubiera sido

se quedaba mucho más

ayudando a los vecinos a ablandar estrellas o

a lustrarles las barandas de fierro de la soledad

acompañando a los moribundos con su vientito de jardines

o alimentando con mamaderas de sueño

a criaturas ajenas con los relojes turbios.

De niña

en estos campos

cabalgaba hasta la escuela

y se doblaba

en cosechas de trigo o de maíz

cantando.

Se casó con el cuñado de su hermana porque

era un hombre de cristal pulido

sencillamente bueno

y por no andar buscando

y lo amó cada día

sin fatiga.

Amasaba las pastas con manos de orfebre

inventaba la salsa con secretas especias

y te las regalaba.

Cuando los hijos se fueron al camino

y su esposo ya no estaba

por no malgastar las horas rezaba

y cobijaba perros vagabundos

en la orilla de su alma.

Hay quienes la imaginan en el cielo:

yo no creo.

Me gusta mirar en nuestro patio

cada septiembre

el naranja de las clivias que nos dio hace tiempo.

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