Balas -07 By Lucas Corso

7

De vuelta en su apartamento, Balart recibió una llamada de la revista. El siguiente número saldría en tres semanas y había algunas cosas que tenían que discutir. Quedaron en que esa misma tarde se reunirían para hablar sobre el tema.

Hacía un año que Javier Balart comenzó a escribir en Espada Rota, una revista mensual sobre historia de la que también era socio, por lo que a la hora de tomar decisiones (ya fuese la inclusión de nuevos miembros en el equipo, nuevas secciones, números especiales, etc.), él también debía estar presente. Este tipo de reuniones se producían tres o cuatro veces entre número y número y, generalmente, cada uno llevaba consigo parte del material en el que estaba trabajando. En esa ocasión, Balart había estado preparando un dossier sobre la Unión Soviética y la progresiva “desestalinización” promovida por Jruschov y cómo eso influyó en sus relaciones con la RDA y, sobre todo, con China. Sin embargo, los últimos acontecimientos le habían hecho replantearse todo su trabajo. Sabía que apenas tenía nada en lo que profundizar, pero tenía un objeto que dos días atrás creía inexistente y sabía que si comenzaba a tirar del hilo muy seguramente le llevaría a algo más grande o, como mínimo, interesante. Claro que, con tan sólo tres semanas de tiempo (y ni siquiera eso, considerando que había que entregar todos los escritos con una semana de antelación sobre la fecha límite), sería muy precipitado cambiar todo el trabajo y comenzar de cero. Se sentó en la cocina y pensó. Tal vez podía seguir adelante con el dossier sobre la URSS y, paralelamente, continuar investigando el caso de las balas de plata y averiguar hasta dónde podía llegar. Puede que para el siguiente número ya tuviera algo más sólido con lo que trabajar. Le pareció lo más inteligente.

Jugando con el pendiente de oro de Nadia, Balart permaneció sentado pensando en Bon. De ser cierta su idea sobre que el doctor Alban andaba tras las balas de plata, quizá también hubiera averiguado que era un pueblo cercano a la ciudad y que esa fuese la razón por la que había venido hasta aquí. Puede que incluso ya hubiera estado en Bon. Aunque siendo así, parecía no haber encontrado nada ya que de lo contrario, Balart habría visto también una segunda bala de plata en aquella mesilla. Pero también pudiera ser que las guardase en lugares diferentes para evitar que, en caso de robo, se llevasen las dos. Si así era, en su caso había surgido efecto. De todos modos, y tanto si Alban había ido como si no, Balart decidió que no perdería nada pasando un par de días allí. Había sido una semana complicada y le apetecía largarse. Sin embargo, nada de eso tenía importancia en ese momento. Ahora lo que más le importaba era comer algo. Miró la nevera y, como cada viernes, sintió pánico: la fría desolación lo esperaba al otro lado de la puerta. En esas estaba cuando observó además las huellas de botas mojadas en el parqué. Todo lo relacionado con la revista, las balas y Bon se esfumó de su cabeza. En ese momento, toda su atención se centró en esas molestas pisadas en el suelo: por alguna razón que alguien tan desordenado como él no comprendía, ese tipo de cosas sin embargo le sacaban de quicio. Odiaba cuando antes de entrar en el apartamento en los días de lluvia olvidaba descalzarse. No obstante, en esa ocasión no sólo no sintió el más mínimo fastidio, sino que además pudo constatar varias cosas curiosas: la primera y muy llamativa era que la humedad de los dos últimos días de lluvia le hubiera encogido las botas por lo menos cuatro o cinco números sin que ni él ni sus cada vez más apretados pies se hubiesen dado cuenta; la segunda, más alarmante si cabe, era que en el transcurso de la mañana sus zapatillas deportivas, además del encogimiento, hubieran sufrido una transformación hasta convertirse en lo que, a su parecer, podían ser botas camperas; y la tercera e indudablemente más escandalosa y, por qué no decirlo, inquietante, era que estando descalzo hubiese dejado ese rastro. No recordaba que las plantas de sus pies tuviesen forma de suela, por lo que esa última constatación le hizo llegar a una conclusión terrible a la que cualquiera de ustedes ya habrá llegado sin tanta complicación: aquellas no eran sus pisadas. Y entonces se quedó petrificado en el taburete. Volvió a tener la misma sensación que cuando se topó con aquella puerta cerrada en el piso de Alban: si movía aunque sólo fuera un músculo, lo estropearía todo, se rompería el encanto, se delataría; si seguía fingiendo que no se había dado cuenta no pasaría nada. Eso era lo que lo mantenía inmóvil. La voz de Nadia resonó entonces en su cabeza: el mero hecho de no hacer nada por solucionar un problema no significa que vaya a solucionarse solo. En esta ocasión estaba claro que no podía quedarse todo el día ahí sentado, esperando a que por arte de magia el suelo se secase y las pisadas desanduviesen lo ya andado. El mensaje era claro: alguien había entrado en su apartamento. ¿Seguiría ahí con él, escondido en alguna de las habitaciones? Puede que incluso esperándolo en el salón, quizá a punto de entrar en la cocina.

Balart miró hacia la puerta. De repente, todo le pareció más silencioso de lo normal. No se escuchaba el más mínimo sonido, ni siquiera el de las gotas de lluvia chocando contra el cristal de las ventanas. ¿La calma que precedía a la tormenta? Desde luego una peor que la que había fuera, en la calle. ¿Debía ir en su busca? ¿O sería mejor abrir el paraguas y esperar a que le cayera encima? Claro que para eso tampoco había paraguas que valiese, lo mejor que se podía hacer era ponerse a cubierto. Lástima que nadie le hubiera dicho nunca qué hacer cuando la tormenta se le mete a uno en casa. Miró hacia el cajón de los cubiertos. Desde donde estaba podía abrirlo y hacerse con un cuchillo. Muy lentamente estiró el brazo, agarró el asa y tiró hacia él. Metió la mano dentro sin perder de vista la puerta de la cocina y extrajo el cuchillo que utilizaba para untar mantequilla. Con aquello no iba a ninguna parte; era como buscar un chubasquero para acabar encontrando una hoja de periódico. Dejó el cuchillo sobre la mesa y volvió a probar suerte. En esta ocasión procuró acertar y no dejó de buscar hasta que estuvo seguro de que lo que sacaba no era la cucharilla del café. Armado y más o menos dispuesto, se levantó muy despacio y se inclinó levemente para intentar ver qué había más allá de la puerta. Pudo ver algo del sofá del salón, pero nada más. Ni a nadie. Pensó que la sola idea de ver a alguien ahí sentado era ridícula; sólo los malvados de las películas de James Bond serían capaces de esperarlo así, y él no llegaba a tanto ni tenía enemigos tan atrevidos. Aunque, al parecer, si lo suficiente como para entrar en su casa. Caminó casi de puntillas hasta ponerse frente a la mesa y esperó. ¿Debía tomar la iniciativa y agarrar el toro por los cuernos saliendo ahí rápidamente a enfrentarse a lo que fuera? ¿O debía esperar? Pensó en utilizar la misma táctica que en el pasillo del piso de Alban: agacharse para sorprender al intruso por abajo. Sin embargo comprendió que si seguía adelante con todo lo que se traía entre manos, muy probablemente se vería envuelto en situaciones así muy a menudo, por lo que si tenía que recurrir a ese tipo de virguerías cada vez que tuviera que cruzar el umbral de una puerta sospechosa o avanzar por un pasillo oscuro, no iba a hacer otra cosa que complicarse la vida más de lo que, visto lo visto, se la estaba complicando ya. Además, estaba en su propia casa: si ahí no iba a ser valiente, más le valía retirarse.

Avanzó hasta la puerta y, tan despacio como pudo, se asomó al exterior de la cocina. Pudo constatar que, efectivamente, no había nadie sentado en el sofá. Es más, no había nadie sentado en ninguna parte: el salón estaba vacío. Aquello no lo tranquilizó lo más mínimo ya que entonces estaba obligado a ir hacia el pasillo y las habitaciones; tres en total: la suya, el estudio y un cuarto de baño. Cuchillo en alto, se encaminó hacia allí. La única puerta abierta, la de su habitación, estaba al fondo. Si en ese momento apareciera alguien allí, todavía estaría a tiempo de volver a meterse en la cocina y hacerse con más armas medianamente mortíferas. O, lo que es lo mismo, encerrarse a sí mismo en una ratonera con los mismos cubiertos con los que se peleaba a diario para cortar una simple rebanada de pan. Sacudió la cabeza tratando de apartar todas esas ideas: si aparecía alguien, correría directamente hacia él, dispuesto a derribarlo. O a encerrarlo en la habitación. Tampoco descartó el correr en dirección contraria, hacia la puerta. Huir de su propia casa no es lo peor que uno puede hacer. Al menos él se atrevió a entrar. 

Caminó hasta llegar a la puerta del baño. Asió el pomo y lo giró muy lentamente. Agradeció para sus adentros el que siempre hubiera procurado que ningún pomo de ninguna puerta chirriara. Era un sonido que aborrecía. Empujó despacio y vio que ahí tampoco había nadie. Pero las cortinas de la bañera no le permitían ver qué había en su interior.

—Champú, gel y esponjas. ¿Qué más va a haber? — murmuró.

Pero tenía que asegurarse, de modo que caminó hacia ahí. Se vio a sí mismo como la vieja de Psicosis y, paradójicamente, también como la incauta víctima tras las cortinas, formando en su cabeza una escena en la que irremediablemente acababa asesinándose a sí mismo. Era la manera que tenía su cerebro de avisarle de cualquier trampa en la que se estuviera metiendo, creando cuadros y representaciones rocambolescas en su mente que generalmente interpretaba cuando ya había pasado todo el peligro. En esa ocasión no sería distinto. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo, incluso con el que estaba sosteniendo él mismo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiró la mano que tenía libre, tocó con la punta de los dedos la cortina y, de un tirón, la apartó apuntando con el arma hacia dentro de la bañera. Champú, gel y esponjas. Nada más. Casi se sintió decepcionado. No obstante, todavía le quedaban dos estancias más en las que probar suerte. Y quién sabe, tal vez ahí hubiera premio. Salió del baño y se adentró un poco más en el pasillo.  

Terriblemente largo y lleno de puertas a los lados, un pasillo es un lugar de paso muy propicio para las pesadillas. De cada una de esas puertas siempre puede aparecer el monstruo que nos ha venido siguiendo la pista durante todo el mal sueño, dispuesto a acabar con nosotros de una vez y para siempre. O, al menos, hasta la siguiente noche. Sin embargo, ni esto era una pesadilla ni el pasillo era tan largo. No había espacio para las carreras ni suficientes puertas tras las que esconderse. Tan sólo quedaban dos y una de ellas ya estaba abierta. ¿La había dejado así? Sí, de eso estaba completamente seguro. A excepción de las pisadas, todo estaba como él lo había dejado.

—¿Todo? — murmuró Balart.

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