Poetas chilenas: Stella Díaz Varín

Su nombre está escrito con violencia en la poesía chilena. Alcohólica y agresiva, pero sobre todo poeta, hermosa poeta. Stella Díaz Varin nació el 11 de Agosto en la ciudad de La Serena. Escribió poesía como quien da puños al aire, encabronada, respondiendo a la agresividad misma de la sociedad. Se paró frente a las vacas sagradas de la poesía chilena. Amiga de Parra, interrumpió las fiestas de Neruda a piedrazos, según Jodorowsky lo traía agarrado de la bolas (literalmente) y su voz tomó el estertor de su poesía gracias al cigarro y a su alcoholismo que la acompañó hasta la muerte. Para mucho una referente Punk incluso antes de que el movimiento se instalara en alguna parte del mundo, indomable, se negaba a cerrar la ventana de su habitación, no importaba el clima que estuviera reinando. 

Publicó Razón de mi ser (1949), Sinfonía del hombre fósil (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959), Los dones previsible (1992), La arenera (1993), De cuerpo presente (memorias) 1999.

Dos de Noviembre

No quiero
Que mis muertos descansen en paz
Tienen la obligación
De estar presentes
Vivientes en cada flor que me robo
A escondidas
Al filo de la medianoche
Cuando los vivos al borde del insomnio
Juegan a los dados
Y enhebran su amargura.

Los conmino a estar presentes
En cada pensamiento que desvelo

No quiero que los míos
Se me olviden bajo tierra
Los que allí los acostaron
No resolvieron la eternidad

No quiero
Que mis muertos me los hundan
Me los ignoren
Me los hagan olvidar
Aquí o allá
En cualquier hemisferio

Los obligo a mis muertos
En su día
Los descubro, los trasplanto
Los desnudo
Los llevo a la superficie
A flor de tierra
Donde está esperándolos
El nido de la acústica.

La palabra

Una sola será mi lucha

Y mi triunfo;

Encontrar la palabra escondida

aquella vez de nuestro pacto secreto

a pocos días de terminar la infancia.

Debes recordar

dónde la guardaste

Debiste pronunciarla siquiera una vez…

Ya la habría encontrado

Pero tienes razón ese era el pacto.

Mira cómo está mi casa, desarmada.

Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.

Y mi huerto, forado permanente

Y mis libros cómo mi huerto,

Hojeado hasta el deshilache

Sin dar con la palabra.

Se termina la búsqueda y el tiempo.

Vencida y condenada

Por no hallar la palabra que escondiste.

Breve historia de mi vida

Comando soldados.
Y les he dicho acerca del peligro
de esconder las armas
bajo las ojeras.
Ellos no están de acuerdo.
Y como están todo el tiempo discutiendo
siempre traen perdida la batalla.

Uno ya no puede valerse de nadie.
Yo no puedo estar en todo;
para eso pago cada gota de sangre
que se derrama en el infierno.

En el invierno, debo dedicarme
a oxidar uno que otro sepulcro.
Y en primavera, construyo diques
destinados a los naufragios.

      Así es, en fin…
Las cuatro estaciones del año
no me contemplan, sino trabajando.

      Enhebro agujas
para que las viudas jóvenes
cierren los ojos de sus maridos,
y desperdicio minutos, atisbando
a la entrada de una flor de espliego
de una simple abeja,
para separarla en dos,
y verla desplazarse:
la cabeza hacia el sur
y el abdomen hacia la cordillera.

      Así es
como el día de Pascua de Resurrección
me encuentra fatigada,
y sin la sombra habitual
que nos hace tan humanos
al decir de la gente.

Promesa

No te preocupes

Querido niño ávido

Tendrás tu perro azul

Te lo prometo

Siempre que lo fabriquen.

Además

Te prometo un puro tiempo

para lanzar anillos de por vida

En la cercana sombra de los parques.

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