El olor del cocodrilo by Lilia Lardone

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Lilia Lardone, nació en la ciudad de Córdoba, Argentina, donde reside actualmente. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Ejerció la docencia, especializándose en literatura infantil y juvenil, y durante años se desempeñó en el área cultura de la Municipalidad de Córdoba. Participó y participa como Jurado en numerosos concursos literarios. Desde 1988, coordina Talleres de Escritura y escribe ficción para niños y adultos. Asistió a congresos de literatura argentina e hispanoamericana en calidad de disertante, como así también a seminarios internacionales de literatura infantil y juvenil.

Seneb ha llegado a Tebas después de una penosa travesía.

Seneb viene del país de Punt, la Tierra Feliz del Valle del Nilo, allí donde el gran río es sólo una hebra, dos, muchas hebras de agua que van reuniéndose. El chillido de los monos lo acompañó al principio, también las figuras familiares de los árboles de incienso.

Remontando el Nilo conoció el hambre. A veces tuvo un pie dentro de los sembrados y otro en la arena ardiente, porque la franja verde que bordea el río se angostaba por trechos hasta casi perderse.

Seneb ha oído a los arqueros nubios hablar sobre Tebas.

Tiene cien puertas, dicen.

Tiene un palacio real con una serpiente que escupe fuego, dicen.

Y Seneb soñó, en la Tierra Feliz de Punt, con el momento de su llegada a Tebas: cruzará alguna de las cien puertas y él, el enano Seneb, pertenecerá a ese mundo de dioses y faraones.

Seneb ha viajado solo. El olfato le basta para sospechar el peligro, y su pequeña figura desaparece tras los juncos cuando desea desaparecer.

Sólo lleva una daga con mango de ébano, y una bolsa de lino en la que guarda, además de alimentos, un recipiente de terracota. Seneb sabe, por los arqueros nubios, que en Tebas codician los perfumes de Punt y por eso, antes de partir, llenó esa vasija con ungüento de mirra.

Ha caminado mucho siguiendo el curso del Nilo, convertido ahora en majestuoso río por las lluvias. La creciente aumenta los peligros, Seneb lo sabe. Ha aprendido a evitar el traicionero fango de las orillas, los rinocerontes de embestidas rápidas y demoledoras.

Pero Seneb tiembla ante el olor del cocodrilo. Es imposible adivinar su presencia silenciosa, confundida entre los lotos, cuando Seneb se inclina a buscar agua.

Ha conocido el olor del cocodrilo. Fue un día de sol ardiente, al iniciar su viaje, cuando gozaba del reparo de algunos árboles y la frescura del agua.

De pronto un movimiento, un susurro en el agua quieta, y Seneb vio avanzar hacia él unos ojos amarillos. Encontró una rama de la que se agarró con fuerza, izando su cuerpo liviano mientras el corazón le palpitaba con intensidad. El olor del cocodrilo entraba por su nariz y las fauces se abrían y cerraban, muy cerca de él.

Seneb no olvida el olor del cocodrilo de Punt, ni cómo hizo palpitar su corazón.

Una mañana, Seneb llega a Tebas. Los primeros rayos de sol caen sobre el obelisco y dan vida a las calles. En los suburbios, la gente va y viene por el mercado. A Seneb lo confunde la multitud. Lo deslumbran las interminables filas de mercaderes ofreciendo dátiles, trigo, cebada, higos, cabras, los tejedores mostrando con los brazos en alto paños de lino blanquísimos. Y descubre los panes recién hechos, cuyo olor se mete en su nariz y borra el olor del cocodrilo.

Atrás quedan las noches de vigilia y el acoso de las fieras. También atrás la salvaje selva de Punt, los monos, los hipopótamos.

Seneb ha llegado por fin a Tebas, la de las cien puertas.

Una mujer compra la pulsera en forma de áspid. Con movimientos seguros, la abre y se la pone en el desnudo brazo, bien arriba, cerca del hombro. Al mirar la pulsera sus ojos encuentran a Seneb, los ojos fijos en la cabeza del áspid. Él piensa si será esa la serpiente de fuego de la que hablaban los arqueros nubios.

Pero ella sonríe, y Seneb olvida a los arqueros nubios.

—¿Te gusta? —dice ella, y alza el brazo.

Tiene unos collares de oro que cubren sus pechos firmes, y de la cintura le cuelgan cascabeles. Ella se mueve a un lado y a otro buscando en el tapiz donde el mercader muestra sus joyas, un anillo que haga juego con la pulsera. Cuando lo encuentra, le dice a Seneb:

—¿Se parecen?

Seneb mueve la cabeza, quiere decir sí, que se parecen, pero las palabras no le salen. Busca en su bolsa y saca la vasija de mirra.

—Esto viene de Punt —dice en voz baja, y le alcanza el ungüento.

—¿De Punt? Vendrás a contarme cómo es Punt.

Y Seneb entra a Tebas por la Puerta de los Lirios, detrás de la mujer de la pulsera de áspid.

Camina junto a las criadas, que se ríen de él tapándose las bocas, hasta que todos entran en un palacio de altas columnas pardas.

—Mi nombre es Taya, y quiero tenerte a mi servicio —dice la mujer y las criadas se apresuran a conducirlo a los patios interiores.

Esa noche, Seneb es llamado al jardín. No hay aire bajo el emparrado, donde Taya bebe vino en una alta copa.

—¿Cómo es Punt? —dice Taya.

Una criada le sirve vino a Seneb y él siente que la copa es fría y suave al mismo tiempo. Es la primera vez que bebe ese líquido áspero y el aire caliente aumenta su sed, la lengua empieza a destrabarse.

—Los hombres nacieron en la Tierra Feliz de Punt. Ese fue el primer lugar, porque el agua sale de sus entrañas, los árboles crecen sin cesar bajo la lluvia y los pájaros tienen mil colores.

Así empieza a contar Seneb y continúa, en tanto Taya va adormeciéndose, sudorosa, sobre sus almohadones pintados.

—¿Y la lluvia, Seneb? ¿Cómo es la lluvia?

El murmullo de la voz de Seneb sigue en la noche, recupera los sonidos de la lluvia sobre las grandes hojas, caen las gotas y desaparecen en la tierra, caen sobre hombres morenos y desnudos, sobre el largo cuello de la jirafa y la larga cola de los monos. Llueve en Punt, Seneb lo siente, en ese mismo momento llueve en Punt.

A Seneb le gusta mirar cuando las mujeres preparan a Taya para las fiestas. Lo sorprende saber que no le pertenecen esos cabellos que él admira. La peluca es peinada y vuelta a trenzar, y cada vez hay una forma nueva de sostener el broche de lapislázuli y la tiara de oro pálido.

Pero antes de colocarlos sobre la cabeza de Taya, falta un paso. Las paletas de afeites se disponen una al lado de la otra y las criadas le aplican polvos de alabastro mezclados con sal y miel, para que la cara quede tersa como el agua del estanque. Luego, el trajín es elegir entre empastes de colores, y unas manos hábiles siguen con exactitud la línea de los ojos con la pasta de hollín, ese bistre que transforma las miradas en pozos luminosos.

Es día de fiesta en Tebas, y Taya está lista. Seneb la mira partir, el traje rojo y oro refulgiendo sobre la piel trigueña, la mirada distante, y su corazón golpea como si el cocodrilo estuviera cerca.

Hay otras noches de calor en el jardín, y Taya pregunta por Nubia.

—He conocido Nubia —dice Seneb—. Es la tierra del oro, de las gemas preciosas que los hombres se disputan, de los enormes elefantes cuyos cuernos de marfil encontré aquí, en el mercado de Tebas —dice Seneb.

—En Nubia crece el ébano. Con su madera negra fabriqué esta daga que me acompañó en el viaje.

Y recuerda también la rama de ébano que lo salvó del cocodrilo en Punt, recuerda el olor del cocodrilo y su corazón golpea con más fuerza que nunca.

Seneb mira a Taya, dormida entre almohadones mientras los servidores agitan los abanicos de plumas. Su corazón vuelve a golpear y entonces se da cuenta de que deberá partir.

Al día siguiente acompaña a Taya al mercado y una vez más observa a los vendedores de pájaros pasear con las jaulas entre la gente, a los talladores de marfil que cincelan delicadas figuras sobre los cuernos traídos desde Nubia. Y dice:

—Debo volver a Punt.

—¿Qué te falta? —pregunta Taya y detiene su marcha.

—Punt es Punt —dice Seneb bajando los ojos.

Esa noche, en el jardín, Taya pregunta por última vez:

—¿Qué más hay en Punt? Necesito saberlo.

—El olor del cocodrilo que hace galopar el corazón. Eso hay.

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