La lluvia by Irma Verolín

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             Viene la lluvia y cae, a los baldazos limpios, sobre ropas tendidas en las terrazas. Vidrios, fachadas, calles de esta ciudad relucen y las antenas de televisión parecen esqueletos de pescado  que flotan en un mar en retroceso. Brillan las trompas de los automóviles y las cúspides de los paraguas negros. Mientras tanto la lluvia  vuelve oscuro el empedrado y opaca el aire. Crece un solo color, que desde el centro, avanza hacia los bordes una y otra vez. Es un gris de huesos de muertos, que ya hace mucho han muerto. En las macetitas del balcón de abajo unos cuantos helechos raquíticos se dejan estremecer, hasta quebrarse. Muy alertas, bajo la sombra de la lluvia, las amas de casa miran cómo sus sábanas colgadas lanzan lengüetazos, miran cómo las gotas salpican, arañan, se resbalan por los vidrios empeñados. Yo me dejo encandilar por las grandes flores de sus batones de entrecasa que se agigantan y se agigantan. Ahora la lluvia es un rumor: conversa de bueyes perdidos. Cualquiera puede escucharla: “ Vea usted quién iba a decirnos, se nos inundará la calle ¿ha visto? Nos quedaremos sin teléfono  y, lo que es peor, se suspenderán las clases, se cerrarán los bancos y nos cobrarán por adelantado los impuestos.” Yo escucho, estoy aquí, miro desde este lado una película muda que ha sido pasada en demasiados cines. Allá lejos,  millones de remolinos balbucean o estallan. Se apaga, se apaga, se apaga el rojo de los techos del hospital. Y otros colores aún más apagados se prolongan hacia el espejo negro. Quisiera creer que esta lluvia ha venido sólo para rebotar en los techos del hospital. Llueve escandalosamente. Se asustan en las terrazas las amas de casa con sus batones floreados, mueven los brazos acuciantes, para agarrar sus sábanas, sus trapos, sus pedazos de tela, que echan lengüetazos y lengüetazos cada vez más pesados. Qué lluvia esta. El vidrio apenas me separa de ella, apenas divide lo que hay que dividir. Yo podría, si quisiera, tocar los esqueletos de pescado, grises, húmedos y también el fondo del espejo negro. Sobre mi cabeza un sinfín de mujeres va y viene. Taconean, las oigo deslizarse por las terrazas chapotear, resbalarse. Pero son ellas las que oyen cómo raspa, cómo se quiebra el aire y se resquebraja en finísimas hendiduras; debieron intuirlo antes de que sucediera cuando lavaban algún pocillo en la cocina, cuando ojeaban el “Para Ti” o se emocionaban con la tele. De pronto, en un gesto de arrojo, se vieron obligadas a subir las escaleras para rescatar de la intemperie sus trapos, sus sábanas, sus pedazos de tela lengüeteantes, amenazadores. ¿Son ellas mismas las que bajan ahora las escaleras? ¿Es de ellas el rumor? ¿Cuál rumor? ¿Cuál? “Hay que cerrar bien las ventanas, la puerta cancel y mire qué desbarajuste que hay afuera,  mire qué escandalete, quién lo hubiera esperado ¿no?” Voy hacia el vidrio que enseguida se empaña un poco más con mi respiración. Todo se parece a una película del treinta. “Señora no se olvide de guardar la jaula del canario. Habría que poner palanganas en el centro del patio. Se inundarán las calles, seguro. ¡Esta maldita lluvia!” Acerco mi mano al vidrio. Veo que el agua abre grietas más anchas en el aire compacto. Hace un instante los colores estallaron detrás del espejo negro. Los techos del hospital son sólo sombras de un rojo. “Vea señora cómo borbotean las alcantarillas”. Pilotos, caparazones, sombreros de goma, brazos y piernas que se arriman al eje de cada cuerpo, manos que buscan sus propios hombros. Todo se estira hacia el aire vertical, todo se adelgaza. Las palabras aumentan la delgadez, se estiran hasta que se desbordan. Sin embargo las grietas en el aire cavan túneles muy anchos. Extiendo mi mano; sí, allá voy con mi mano que traspasa el vidrio, que roza los techos del hospital y señala, en el fondo de todo, una habitación pequeña donde yo estoy naciendo. Poco falta para que entre en el mundo mientras sigue lloviendo y el agua borbotea en las alcantarillas, mientras mi madre lanza gemidos que asustan a las enfermeras, al director del hospital, a medio país. Oigo gritos, rezongos, palabras pronunciadas por la mitad, frases mutiladas. Oigo un sonido de ruedas frágiles: la camilla avanza por un pasillo largo. Es liviana y va ligera por el pasillo, pero antes, lo sé muy bien,  hubo un cuerpo sobre ella. Fue el cuerpo de una mujer a la que tal vez le dieron el alta. O de un hombre que está convaleciente en su habitación. O de alguien que ha muerto. Las rueditas llegan al final del pasillo y un viejo, íntegramente vestido de blanco, abre la puerta de un cuartucho para descansar de los gemidos de los enfermos o comer galletitas o manotear en la oscuridad. Y sigue lloviendo. Esta gastada película del treinta muestra un panorama que borra las desigualdades. Aunque eso no importa: mi madre y yo estamos metidas en un asunto muy serio. Ella va a darme a luz y sabe que en las terrazas las mujeres de batón floreado se enfrentan con un ir y venir de telas mojadas, un golpeteo contra el aire compacto que terminará agrietándolo, sabe que los techos del hospital alguna vez fueron rojos, sabe de los esqueletos de pescado, sabe de las alcantarillas, de las figuras adelgazadas, sabe. Quizá por eso se lleva de repente las manos a los oídos. Mamá no quiere oír el modo en que la lluvia cae sobre el césped. La tierra mastica lluvia y deja suelto un sonido crocante. Entonces yo nazco. Ahora roza el borde de las terrazas un pesado ondular, no son sábanas mojadas, son los lengüetazos de un dragón que  en cualquier momento se transformará en princesa. Las mujeres de batón floreado están allí para domesticarlos, han subido primero las escaleras con decisión, han puesto un pie bajo la lluvia, pero los esqueletos de pescado las apabullan y salen corriendo  detrás y alrededor las lenguas del dragón las persiguen. Oigo el correr de la lluvia, el de las mujeres, el respirar de mi madre que duerme con las piernas abiertas y el vientre desinflado y sólo Dios sabe qué sueños tiene. Mi llanto no la despierta, ni la lluvia, esta dichosa película muda, viejísima, que ha sido pasada en demasiados cines, ni las rueditas que solas comienzan a andar otra vez por el pasillo. ¿Mamá? ¿mamá? He nacido. Veo rodar una camilla sobre ruedas de lata por las grietas del aire y a los batones de las amas de casa disolverse y a las lenguas del dragón colgar de los espinazos de pescado mientras mi madre duerme un sueño largo, excesivamente largo. Me acerco un poco más al vidrio que no divide nada, que de nada me separa y pienso: “Son muy veloces los acontecimientos en las películas mudas”. Las lenguas del dragón quedan colgadas de los esqueletos  pulidos por el viento, blanqueadas por la lluvia. Llueve, sí, llueve. Percibo el ir y venir de las mujeres  en las terrazas, se resbalan, murmuran, discuten. Y sigue lloviendo. Desprendidos de las sogas, trapos, sábanas, telas, cuelgan de cualquier parte o quedan suspendidos en el aire como fantasmas.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en Barcelona / j re crivello// Escritor y Editor / Fundador de Masticadoresy comentado:

    Reblogueado al grupo de 5000 lectores de Masticadores

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