Balas perdidas -02 by Lucas Corso

Tenemos el placer de presentar a Lucas Corso, ha aceptado compartir su libro -en capítulos- Balas Perdidas cada semana, los días jueves en MasticadoresSur

—Los editores

-02

El pasillo conducía a un amplio salón sumido en la penumbra. Por un momento Balart pensó en subir las persianas, pero enseguida descartó esa idea por poco inteligente: prefería hacer el menor ruido posible mientras estuviera ahí dentro. Además, en caso de que alguien regresara al piso inesperadamente, con las persianas subidas tendría menos posibilidades de esconderse.

Además de lo que típicamente podría encontrarse en un salón, como una mesa, varias sillas, un sofá con un sillón al lado y un televisor, también vio varias estanterías repletas de libros y fotografías dispuestas por las distintas paredes. Echó un vistazo a una de las habitaciones que tenía más cerca: la cocina. Ahí sí que entraba una generosa luz, por lo que dejó la puerta abierta para aprovecharla y se dispuso a hacer su trabajo. Depositó la mochila sobre la mesa y extrajo de ella lo que en apariencia parecía un plano. Lo colocó sobre la mesa, apartando la mochila y dejándola en una silla. Después se hizo a un lado, permitiendo que entrase la luz de la cocina. El plano no engañaba: estaba en el lugar correcto. La disposición de las habitaciones parecía coincidir con el dibujo que en él había. Miró entonces a su alrededor. Luego miró el reloj; todavía faltaba algún tiempo para que anocheciera. Volvió a ojear el plano. Distinguió tres cruces repartidas por el dibujo. Cada una de ellas estaba situada dentro de una habitación. Se lamentó en voz baja al ver que ninguna de las cruces estaba marcada en la cocina.

Una de las cruces estaba en la habitación que había al otro lado de la mesa. Pensó en que podría comenzar su búsqueda por ahí. Se dirigió cautelosamente hasta la puerta, que estaba entornada, y muy despacio asomó la cabeza al interior. No se veía un carajo. Decididamente era gente que sabía sacar partido a sus persianas. Abrió la puerta de par en par para ver si la tenue luz que llegaba de la cocina le podría servir de algo, pero apenas llegaba a alumbrar lo que parecía un armario. Tendría que ingeniárselas para buscar a tientas. O tal vez podría arriesgarse a encender la luz; de todas formas, con la persiana bajada, no era probable que lo viera nadie. Decidió que si no quería pasarse lo que quedaba de tarde en esa habitación tendría que hacerlo, por lo que buscó el interruptor con la mano y lo accionó. La luz mostró una habitación pequeña, con otro sofá, un escritorio y un armario. La escasez de muebles lo alegró: la búsqueda no sería muy complicada.

  • Veamos… – murmuró.

Decidió comenzar por el escritorio. Se sentó en la silla que había frente a él y, sin perder de vista la puerta, abrió el primer cajón. Nada. Probó en el segundo con la misma fortuna. Abrió el tercero y último para encontrar el cargador de un teléfono móvil junto a un periódico.

  • Qué bien…

El diario era de hacía dos semanas, por lo que de poco le iba a servir ya, y no se imaginó qué utilidad iba a darle él a ese cargador[1]. Miró el armario: si, tal y como indicaba el plano, había algo en esa habitación, tendría que estar ahí dentro. En general, los armarios siempre le habían dado miedo. Una vez, jugando con su hermana cuando era pequeño, se escondió en uno y la experiencia no fue nada agradable: las mangas de los abrigos parecían manos tocándole las orejas, y la sensación de que había alguien más ahí dentro con él lo dejó paralizado. Cuando sintió que una mano de carne y hueso le acariciaba lentamente una oreja, el grito que pegó le impidió escuchar la carcajada de su hermana, que era la que estaba dentro del armario sin que él lo supiera. Pero ahora el caso era distinto: su hermana no estaba ahí, él tenía unos cuantos años más y ni mucho menos iba a meterse dentro de ese armario. Con mirarlo desde fuera le bastaba.

Abrió las puertas, no sin antes volver a echar un vistazo hacia el salón: todo permanecía en calma. Inspeccionó el interior del mueble: camisas, pantalones, algún traje y una chaqueta negra era todo lo que, a simple vista, pudo ver. Sin saber por qué, esta última prenda le llamó inmediatamente la atención. Buscó en los bolsillos y, en uno de ellos, encontró un trozo de papel doblado. Lo abrió y leyó:

  • Consultar viernes 18 de noviembre.

Viernes dieciocho de noviembre… ¿Por qué le resultaba familiar esa fecha? Recordó el periódico. Fue hacia el escritorio y lo sacó del tercer cajón: era la misma. ¿Qué pasó ese día? Se volvió a sentar para examinarlo detenidamente. En general no veía nada fuera de lo normal, o al menos nada que, a simple vista, mereciera la pena guardar en un cajón: un robo, una entrega de premios, algún atropello, un incidente con un perro, noticias económicas poco alentadoras, novedades tecnológicas, etc. Intentó ir un poco más allá, esforzarse por encontrar algún indicio, pero definitivamente ahí no había nada. Ni siquiera el tiempo que hizo aquel día tenía nada en particular: frío como todos los demás por esas fechas. Tal vez hubiesen guardado el periódico para hacer los crucigramas y se olvidasen de él. De todas formas, a juzgar por el contenido de los otros cajones, no parecía un escritorio que se utilizara demasiado. Entonces, ¿por qué anotar la fecha en un papel? Quedaría como un misterio sin resolver.

Volvió a guardar el periódico en el escritorio y miró el reloj. Tenía que apresurarse. Lo que había venido a buscar no tenía nada que ver con periódicos del día dieciocho ni con nada que sucediese aquel día. Y, al parecer, lo que buscaba no estaba en esa habitación, por lo que tendría que probar suerte en las otras dos que estaban marcadas en el plano.

Apagó la luz y salió. La claridad proveniente de la cocina había perdido intensidad considerablemente. Mal asunto. Volvió a consultar el plano. La otra habitación por la que podía seguir buscando estaba al otro lado del salón. Se dirigió hacia allí echando un vistazo a los libros de las estanterías: por lo que pudo ver al acercarse a ellos, la gran mayoría eran novelas y libros de medicina. Había también algunos tratados históricos (cosa que le entusiasmó) y una enciclopedia realmente desfasada. Llegó a la habitación, que tenía la puerta cerrada, y se quedó quieto escuchando: obviamente ahí no podía haber nadie. Entró muy despacio, asomando primero la cabeza a las tinieblas en las que estaba sumida la estancia. Enseguida notó algo extraño, como si esa habitación no se hubiera abierto en algún tiempo. El aire estaba viciado y, después de hacer una mueca, abrió la puerta de par en par para tratar de aligerar algo el ambiente. Decidió encender también la luz para agilizar la búsqueda pero, para su sorpresa, en esa ocasión no se encendió. Volvió a probar inútilmente; estaba claro que si tenía que buscar ahí dentro, tendría que hacerlo a oscuras. No le hizo mucha gracia la idea, por lo que decidió probar primero en la otra habitación señalada en el plano, que estaba justo al lado. Sonrió, pensando que tal vez acabara ahí su búsqueda, librándolo así de tener que entrar en esa habitación. Sin embargo, le duró poco la alegría: la otra puerta estaba cerrada. Sorprendido de que así fuera, examinó el pomo: no había ningún resquicio por el que meter una llave, lo cual significaba que aquella puerta sólo podía abrirse (y, por lo tanto, cerrarse) desde dentro. Aquello le gustó todavía menos que la idea de tener que meterse en la habitación contigua a oscuras porque, si aquella puerta sólo podía cerrarse desde dentro y estaba cerrada, eso significaba que… había alguien al otro lado. Pero eso no podía ser… si hubiera alguien ahí dentro, lo habría escuchado trastear en la primera habitación porque, aun habiendo sido cuidadoso, dado el silencio en el que estaba sumido el piso, cualquier movimiento (como trastear en cajones, sentarse en una chirriante silla de madera o abrir un armario de bisagras chillonas) lo habría delatado. Por un momento se quedó paralizado. Tuvo la sensación de que si parpadeaba se descubriría.

Intentó recobrar la calma y examinó la puerta y el marco, buscando algo que le indicara que podría abrirse de otra manera. Nada. En ese momento concluyó que tenía dos opciones: buscar en la otra habitación, lo cual no le gustaba nada, o largarse de allí ipso facto. Sin embargo, volvió a tener aquella sensación que lo había perseguido desde pequeño en todas y cada una de las pesadillas que había tenido a lo largo de los años: en ellas, cuando lo que lo acechaba estaba detrás de él, sentía que si salía corriendo aquello lo perseguiría, atrapándolo rápidamente. Pero si no se movía o seguía caminando lentamente, no sucedería nada de eso… o sí. Sea como fuere, permaneció quieto delante de la puerta y concluyó que, si había alguien ahí dentro, ya lo habría escuchado. Y lo más probable es que hubiera salido. Por lo tanto y por lo que a él respectaba, su presencia en el piso había pasado inadvertida. Sin embargo, de ser así, sería tentar mucho a su suerte seguir buscando en la habitación de al lado; lo más inteligente era marcharse. Claro que también podría ser que no hubiera nadie ahí y que, debido a la oscuridad cada vez mayor del salón, no fuera capaz de ver la forma de abrir la puerta. Sopesando todo lo que había pasado para llegar hasta ahí, decidió que tenía que acabar de buscar. Al menos en la habitación que quedaba y que estaba abierta. Intentaría no entretenerse mucho.

Se acercó hasta ella, guiándose más por el olfato que por la vista, pues el olor a cerrado no se había ido, y se quedó parado en el umbral, tratando de distinguir alguna forma en el interior. Por lo que pudo intuir, se trataba de una habitación bastante grande, pero no pudo ver nada concreto. Decidió entrar y caminar pegado a la pared de la derecha para no tropezar con nada. Una vez que estuvo dentro, la oscuridad fue total. Caminó lentamente, con su mano derecha tocando siempre la pared, hasta que chocó con algo. Por el tamaño, parecía una especie de cómoda que le llegaba hasta la cintura. Buscó entonces los tiradores de los cajones. Encontrar cualquier cosa en aquellas condiciones sería prácticamente imposible, pero lo que él estaba buscando no era cualquier cosa; la reconocería inmediatamente en cuanto la tocara. Fue abriendo los cajones con cuidado de que no crujieran. Meter la mano dentro de ellos no era algo que lo atrajera demasiado: si la habitación llevaba cerrada tanto tiempo como su olfato le indicaba, a saber qué podría encontrar en su interior. Sin embargo, lo único que pudo distinguir fue ropa y algunos papeles. Los cerró y continuó caminando. Todavía tardó un poco en llegar hasta el final, por lo que pudo hacerse una idea del tamaño de la estancia. En ese punto, prosiguió por la pared que formaba un ángulo recto con la que había venido siguiendo, hasta que le pegó una patada a una silla. Se quedó petrificado, como si formara parte de la pared. Tuvo la sensación de que en cualquier momento escucharía abrirse la puerta de la habitación contigua y unos pasos que se acercarían. Pero sólo podría hacer eso, escucharlo. No lo vería venir, y eso era lo que realmente lo asustaba. Esos pensamientos no hicieron más que agravar su rigidez. Intentó serenarse y continuar: ninguna puerta se había abierto ni nadie había venido en busca suya. Y eso era porque estaba solo en el piso. Un trueno lejano lo puso de nuevo en marcha y, repitiéndose una y otra vez que ahí no había nadie más, rodeó cuidadosamente la silla y, con mano trémula, buscó la pared y continuó caminando.


[1] Javier Balart detestaba los teléfonos móviles.

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