Balas perdidas -01 by Lucas Corso

Tenemos el placer de presentar a Lucas Corso, ha aceptado compartir su libro -en capítulos- Balas Perdidas cada semana, los días jueves en MasticadoresSur

—Los editores

EL COMIENZO -01

La puerta estaba abierta, de modo que entró. Javier Balart, personaje de aspecto desaliñado y rostro singularmente serio, había aparcado frente al edificio para que en caso de tener que salir huyendo, como solía ser habitual, no tuviera que correr mucho[1]. Sabía que no era un individuo particularmente intimidatorio, ni siquiera a pesar de esa mencionada seriedad que se había ido perfilando en su semblante en los últimos treinta y cinco años. Por esa razón, tampoco había cerrado el coche y había dejado la llave puesta en el contacto; de ese modo, no perdería tiempo en caso de retirada forzosa. De todas maneras nadie iba a querer llevarse un coche tan escandalosamente ruinoso.   

El ascensor no funcionaba, por lo que subió los nueve pisos a pie, sacudiéndose del abrigo toda la lluvia que le había caído hasta llegar al portal. Esto último, lo de utilizar las escaleras, no entraba dentro de sus planes de fuga, aunque nunca creyó que los ascensores fuesen grandes aliados en casos como el que le ocupaba. No sabía muy bien qué iba a encontrar en el piso cuando llegara. Esperaba que, tal y como le habían asegurado, no hubiese nadie y que tuviera el tiempo necesario para investigar. Aún así no las tenía todas consigo, por lo que subió muy lentamente todos los tramos que todavía tenía ante él, parándose en los descansillos a escuchar atentamente si alguien subía o bajaba. Silencio absoluto; el edificio entero parecía estar vacío. Tan sólo podía oír la lluvia cayendo en los patios interiores.

Siguió subiendo y en el quinto paró. Abrió entonces la mochila que llevaba y extrajo de ella una botella de plástico con agua y un trozo de papel. Bebió de la botella, más por nervios que por verdadera sed, la dejó en el suelo y desdobló el papel.

  • Noveno A – leyó por vigésima vez en lo que llevaba de día.

Como más adelante se verá, Javier Balart no era una persona que se andara con remilgos a la hora de hacer cosas de naturaleza más que reprochable, pero este iba a ser su primer allanamiento de morada, por lo que necesitó tomarse su tiempo y sus buenos tragos de agua para acometerlo. Volvió a mirar a través del hueco de la escalera, abajo y arriba. Le molestaba que fuese un edificio de nueve plantas. Más concretamente, le molestaba que fuese un edificio de sólo nueve plantas. ¿Por qué no redondearlo hasta diez? ¿O dejarlo en ocho? Nueve era como comenzar el viaje para no llegar a ninguna parte. Sin embargo, según el papel estaba bien claro que aquello sólo llegaba hasta el noveno. Y según el edificio, también.

Recogió la botella del suelo y la guardó junto con el papel en la mochila. Estando cada vez más seguro de que allí no había nadie más que él, continuó subiendo sin demasiada prisa por llegar, parando a cada rato para escuchar y sintiéndose tentado en más de una ocasión por tocar a una de las puertas para cerciorarse así de sus sospechas. Sin embargo, lo más probable es que le abriera alguien y, además de no saber qué decir, prefería pasar desapercibido. De modo que, con todos esos pensamientos, finalmente llegó al noveno piso. Y tal y como le habían dicho y a diferencia de los demás pisos, allí no había más que una puerta. Una puerta para la que tenía una llave que guardaba en el bolsillo de su abrigo y que, extrañamente, tenía la impresión de que cada vez se había vuelto más pesada. Tuvo una sensación en el estómago que enseguida supo identificar: la misma que había tenido cada vez que se había montado en alguna montaña rusa y estaba a punto de ponerse en marcha. O la misma que tuvo instantes antes de entrar en la casa embrujada de aquel parque de atracciones al que fue con Nadia días antes de que ella se marchara sin darle ninguna explicación[2]. Le pareció que la situación no había cambiado mucho desde entonces: Nadia no había vuelto pero esta vez parecía estar metido en todo un edificio embrujado. Lo que perdiera al salir de ahí prefirió no pensarlo.

Pero si antes no había tenido prisa por llegar, ahora tenía menos por entrar. Abrió de nuevo la mochila y sacó otra vez la misma botella de agua, de la que bebió otro largo trago. Después volvió a mirar hacia la puerta: estaba ahí arriba, a apenas unos peldaños de distancia. Tuvo la imperiosa necesidad de sacarse el abrigo y dejarlo a un lado de las escaleras junto con la mochila para intentar quitarse de encima la sensación de peso, pero no lo hizo.

Cuando llegó a la puerta, la examinó. Nada fuera de lo normal. Y sin embargo, no le gustaba un pelo. Resulta curioso lo paranoica que se puede volver una persona cuando se ve envuelta en una situación, digamos, incómoda o extraña, aún cuando ha sido ella misma la que más empeño ha puesto para que así sea. Este es precisamente el caso de Balart, quien siempre había destacado por saber escoger con sumo cuidado cada uno de los follones en los que, muy gustosamente, se había ido metiendo a lo largo de los años. Y sin embargo ahí lo tienen, incomodado por el más ligero crujido del edificio y preguntándose si habría alguien observándolo a través de la mirilla desde el otro lado de la puerta. Importunado por esa idea, acercó lentamente la oreja a la madera, tratando de detectar el más mínimo ruido que procediera del interior. Nada. Estuvo así unos segundos, y entonces, muy lentamente, introdujo la llave en la cerradura. Ésta giró suavemente y, tras un clic, la puerta cedió. Dentro sólo había oscuridad. Mirando furtivamente hacia atrás, y haciendo acoplo de toda su imprudente valentía, entró en el piso y cerró tras de sí la puerta.

A tientas, buscó con la mano derecha el interruptor que lo devolviese al mundo de la luz. Al accionarlo, se encendió una lámpara en el techo que le permitió ver que estaba en un pasillo. Hasta ahí, todo normal. Por unos instantes, y mientras todavía estaba a oscuras, su imaginación trabajó a fondo para mostrarle todo un surtido de imágenes sobre lugares siniestros en los que se vería al encender la luz. Pero no era nada más que un pasillo sin ninguna filigrana decorativa que mereciera más atención. En ese momento supo que estaba solo en el piso, pues nadie vive a oscuras (a no ser que se sea ciego y tampoco todos los ciegos viven en la penumbra) y, en el extraño caso de hacerlo, si se encendiese la luz del pasillo uno iría a ver qué es lo que está pasando. Eso suponiendo que se sea de las personas denominadas valientes. Pudiera ser que el inquilino o inquilina de este piso fuese más bien de naturaleza cobarde o poco aventurera y estuviera ahí, a la vuelta del pasillo, esperando a ver quién o qué ha encendido la luz.

Nuestro hombre, ni muy valiente ni muy cobarde, más bien templado, había pensado en todas estas posibilidades en una fracción de segundo y la sola idea de encontrarse a alguien ahí, esperándole, no le hizo la menor gracia. Pero tampoco le agradó mucho pensar que ese alguien se le apareciese así de repente, por las buenas, por lo que sopesando los pros y los contras de las dos posibilidades, prefirió ser él el que se avanzase, que ya se sabe que el que da un paso siempre acaba dando otro o, lo que es lo mismo, que el que golpea primero, golpea dos veces y todas las que quiera. Así que, decidido, emprendió el larguísimo viaje de tan sólo unos metros hasta la curva del pasillo. Una vez allí paró de nuevo. Pensativo, decidió que no era muy inteligente entrar así, por las bravas, a verlas venir; sería un blanco fácil. Quién le dice que, de haber alguien esperándole, no lo estuviera haciendo armado. No quiere esto decir que tuviera una pistola, no hace falta llegar a tanto por una luz que se enciende, pero tal vez sí una sartén, que abundan más en las casas. De un sartenazo podrían despacharlo rápidamente. De modo que, en un alarde de agilidad táctica, decidió ponerse a gatas y asomarse muy lentamente a la altura de las rodillas del temible personaje que lo estuviera esperando al otro lado de la curva, sorprendiéndole así con un ataque sorpresa de alturas inesperadas. Si la primera opción era encontrarse con alguien desarmado e indefenso y la segunda con alguien bien armado y preparado para lo que fuese, nuestro hombre se encontró con la tercera: ahí no había nadie. De modo que volvió a ponerse en pie, recogió la mochila del suelo, se la colgó y siguió su camino con toda la dignidad que le había quedado después de haberse visto en semejante postura en el espejo que había al otro lado. 


[1] Javier Balart solía repetir que para él siempre era más importante correr rápido que saber pelear.

[2] Según Nadia, no hacía falta ninguna: él ya las conocía todas.

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