A quien corresponda PARTE 2 by Marcos Alegría

Cuando a Pietro se le preguntaba por su esposa, él, siempre cordial y sonriente, respondía que su precario estado de salud le impedía salir de casa y recibir todo tipo de visitas o contacto con otras personas, con la excepción de criadas que, según él, no poseían la delicadeza suficiente para tratar el débil estado de su mujer, razón por la cual a ninguna se le vio llegar por segunda vez a la casa. Lo que en ella sucedía era incorrecto por donde se le viese, valorado solo por quienes, como yo, no poseen ya interés en la humanidad de su ser y desean más de lo que un hombre en sus cabales puede manejar. Por una corta temporada Pietro trastornó el universo y su alma en la impunidad de su hogar, pero todo cambió cuando un médico, a pesar de las negativas, enviado por un colega con buenas intenciones, no volvió al suyo. Los ojos de los conciudadanos rápidamente comenzaron a apuntarle, su excentricidad se tiño con un oscuro hálito de sospecha y su estadía vio término junto a uno de los sucesos más conocidos y más callados de Nueva Inglaterra. Me limitaré a decir que los tres policías enviados a interrogar a Pietro pasaron a ser uno junto a la casa, y que esta, a su vez, en un estruendo endemoniado que causó estragos permanentes en las mentes de los vecinos atentos a la llegada de los emisarios de la ley, vio su estructura alterarse de forma antinatural, forzando la madera y piedras en ángulos repulsivos, y quedando entre la comunidad arquitectónica como un engendro que no deseaba estar en ningún lugar. Prontamente vio las llamas gracias a las manos de un piadoso vecino. De Pietro, su esposa, el médico y las criadas, allí no se supo más.

A Chile nadie lo vio llegar. Con su mórbida ambición, Pietro apuntó su trastornada brújula a donde creyó que gozaría de la libertad que da la distancia y el silencio de quienes añoran borrar de su memoria la repugnante estadía de tan odioso ser entre sus vidas. Acertó. Pasó completamente desapercibido, incluso en los momentos en que una enorme casa comenzó a tomar forma en un antiguo descampado de Lo Calvario. Los vecinos, al deducir que el dinero abundaba en los bolsillos del nuevo desconocido, hicieron caso omiso de lo espontaneo de la aparición del inmueble y la velocidad con la que por las noches se construía la que se dio en llamar Mansión Condannato. La misma que ahora es parte fundamental de la Universidad Axis Mundi. La misma que contiene en su segundo subterráneo el libro que la contiene a ella y a otros inmuebles tocados por la sangre y la muerte, cocidos entre sí a través de dimensiones de sufrimiento y eones de desolación de seres inocentes, unidos todos en un empastado cuya materialidad es la desdicha de quienes deben pagar con su vida la generación de una nueva página maldita. No hago más que pedirte que me perdones.

Hace tres meses, el cambio repentino en la fachada e interiores de la casa central de la universidad, y mi desaparición sin posterior búsqueda por parte de los funcionarios y la policía, fueron solo la primera capa de los acontecimientos detestables que iniciaron definitivamente el periplo de mi destino. Si me hubiese detenido a pensar, quizá, bajo la luz del sol y en compañía de otras personas, sobre la naturaleza de los documentos con los que trabajaba, y a reflexionar, también, sobre el sombrío origen de su autor, puede que, en un espontaneo momento de gracia, lo que quedaba en mí de libre albedrío se impusiese a mi caída, e impidiese el cruce sin retorno por el umbral tras el cual el respeto a la naturaleza de las cosas es una broma inocente. Llevaba semanas con la conciencia alterada por el tomo de abominaciones, sus espacios ya atravesaban mi vigilia y sueño, además no recuerdo si comí o dormí durante los últimos días. El salón me parecía cambiar con el pasar de las horas, como si la materia que componía su estructura siguiese el comando de una voluntad sin criterio. Pero nada de eso me importó en su momento. Embriagado en las delirantes posibilidades que se planteaban ante mí, me dejé llevar por el estudio indecoroso de violaciones a la armonía del cosmos. Me perdí a mí mismo, y entonces sucedió. Quise pasar de página para revisitar otro plano y alimentar mis delirios, pero mis dedos no se despegaron de la hoja. Intenté zafar. Fue en vano. Mi piel se había fusionado con el papel y el frío caló hondo en mis falanges. No me defendí. Correspondiendo a una llamada tácitamente esperada me dejé absorber por el otro espacio. El salón palpitaba y se oía un estruendo proveniente de todos los niveles superiores del edificio de la universidad.  Paredes desaparecieron en un instante y tras ellas un bosque invernal se alzó impetuoso frente a mí, con la mitad de mi torso y cráneo fusionados con el libro. Lleno de excitación perdí el conocimiento.

Trato de ponerme en tu lugar, absorbiendo por primera y única vez estas ideas de horripilante e inmerecido sino. Trato de ponerme en tu lugar y recuerdo que fui incrédulo, en un inicio, pero mi alma ya no es mía, ni es algo que pueda llamarse como tal. Azar o no, consciente o no, este siempre fue el destino a cumplir con mis acciones. Soy, por extensión, Pedro y Pietro, una ampliación corporal con consciencia propia del arquitecto maldito, un canje, un huérfano desde el nacimiento, hijo del sacrificio de incontables inocentes, obra última de una mente perversa, un plano vivo.  No hay un atrás o vuelta que dar en este camino imbricado con mi propia existencia. Mientras tú has comenzado a pagar el coste de mi asenso a las esferas estridentes, me expando en tiempos y espacios fuera de toda comprensión humana, en burbujeantes fantasías materializadas a mi voluntad sobre el papel y el tejido de la realidad.

Tu fin se acerca. En menos de un minuto el ritual estará completo y podré disfrutar de una libertad y poder que no pensé que podía desear. No te mentiré, dolerá en exceso, pero no por mucho tiempo. Ojalá pudiese compartir contigo la emoción que me invade y hacerte partícipe de mis logros, pero nada de eso es posible. Te escribo por ser tú el primero en mi antología personal de planos malditos, la primera hoja en esta, mi empresa personal de aberrante poder. Te has encontrado con esta carta por sorpresa, en un lugar extraño, sin explicación y por producto de un malévolo azar. Y aunque nada cuadre y parezca ajeno todo lo que a ti te planteo, te insisto, busca en tu alma una forma de perdonarme, a ver si así encuentras algo de paz antes de desaparecer. Eres parte de mi plan desde antes de que ambos naciéramos y viésemos la luz de este mundo injusto en manos de hombres sin criterio para limitar su ambición.

Sé que hay cabos sueltos, pero la cantidad de información que manejes ya no hará la diferencia, deja de lado las dudas. Estás condenado por mi mano y yo por mi alianza con la naturaleza de mi origen. Aquí, rodeado por el oscuro bosque que algún día desaparecerá para edificar el impío hogar de Pietro y Giordana, con los signos completos y los sacrificios dispuestos, sello tu destino y cumplo el mío.

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