El canto del pájaro by Karol Postigo

Abrió sus grandes fauces de gato y lamiendo sus bigotes daba a entender que ya se había aburrido de estar tantas tediosas horas en ese insoportablemente cómodo sillón del balcón. Pensaba qué otras cosas podía hacer ese día fresco y brillante donde sólo el ocasional canto de algunos bulliciosos pájaros lo perturbaban. Miró hacia un lado y luego hacia el otro a ver si algo del ambiente lo impulsaba a tomar una decisión y al fin ponerse en marcha. Pero nada pasó y se volvió a echar enroscándose en sí mismo casi como una serpiente y exhalando un hondo y sufrido suspiro de gato atormentado por su apacible descanso se volvió a dormir.

Sintió un casi imperceptible vuelo, la vió y la siguió.

Esa mariposa en verdad no tenía muchas más horas de vida para gastarlas siendo perseguida por un gato, en verdad sólo anhelada que cuando su cuerpo ya estuviese preparado para la muerte tomar un poco de agua, posarse sobre una flor y estar cerca de un poco de hojas secas para dejar su cuerpo reposando allí y que este se convirtiera en polvo con el paso de los días. “Ojalá a nadie se le ocurra disecarme y ponerme en un cuadro de esos! o peor aún! ponerme en alguno de esos métodos extraños y convertirme en una joya! qué mal gusto sería que alguien viera mi cadáver colgado de la oreja de alguien por ahí. Soy hermosa, todos lo saben, pero no hay necesidad de aquello”. Perdida en sus pensamientos y con muy mal genio, sumida en una mezcla de aceptación de la muerte y malas pulgas la mariposa siguió su rumbo mientras el gato se distrajo con un pequeño sonido que venía de atrás de una cerca del jardín. 

El gato embelesado con esa nueva situación caminaba sigiloso hacia la cerca con la curiosidad propia de su raza y el cuerpo pesado de tanto comer y dormir a diario. La mariposa desde las alturas sin querer vio toda esta situación percatándose que detrás de la cerca había un astuto y feroz perro intruso conteniendo casi hasta su respiración a la espera de que el pobre gato iluso se siguiera aproximando hacia él. 

-¡Qué gato más tonto! ¡Una que vive tan poco desarrolla más inteligencia que estos gatitos de casa en sus varios años de vida! Que se lo coma. Se lo merece por asustarme.- Pensaba la fatídica mariposa.

El gato siguió aproximándose a la cerca donde la muerte lo esperaba. Bueno, hasta que la muerte lo encontró. Solo segundos más tarde una ráfaga de viento empujó a la mariposa hacia una mancha espesa en el piso de la que no se pudo zafar y ahí tuvo que pasar el resto de sus horas de vida hasta que abandonó ese cuerpo. ¿Y el perro? El perro fue encontrado por su dueño envenenado días después. Ya sabemos quien lo hizo.

Hoy mirando la tele mientras almorzaba recordé aquella vez que fui pájaro, el pájaro que miró toda esa historia y lo mucho que grité y grité mirando esa escena. 

Le gritaba al gato que no correteara a la mariposa, que ella se iba a enojar; pero pudieron más sus ganas de divertirse molestándola.
Le gritaba a la mariposa que en otro patio había una posita de agua junto a unas hojas donde podía ir a descansar; pero pudo más su malhumor.
Le gritaba al perro que su amo le tenía comida y unos juguetes para entretenerse que no le 

hiciera daño al pobre gato; pero pudo más su instinto irracional.
Le volví a gritar a la mariposa que ayudara al pobre gato; pero pudo más su rencor.
Le volví a gritar al gato que no se dejara llevar por algo sin saber qué había detrás; pero pudo más su curiosidad.
Le volví a gritar al perro que lo soltara; pero ya era muy tarde…
Y luego, cuando observé atónito la escena fatal y todo el desenlace de esa historia decidí que no quería vivir mi vida envenenado por mi irracionalidad, amargado esperando la muerte ni menos embelesado buscando algo sin reflexionar.

 Y así seguí mi vuelo en varios lugares, cuerpos y vidas más, pero recién me doy cuenta ahora de que quizás no debí sólo gritar. Sino también… actuar.

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