La pubertad, la lujuria y la guerra by Darío Ossandón

Tengo un secreto que contar. Creo que puede tomarse como un secreto. Al parecer soy responsable de lo ocurrido hace unos años atrás en la calle Homérica con Gobernadores. Y si bien nadie sabe a ciencia cierta que ha ocurrido, al parecer tiene que ver con lo siguiente que voy a contar. Puede que para el final estén de acuerdo conmigo. Miles de edificios destruidos sin un motivo aparente. Familias y negocios quedaron en la calle. Una calle completa que parece haberse consumido, desintegrado por fuerzas desconocidas. En las noticias, incluso, hablaron de algún fenómeno natural poco usual, que si bien se puede dar, es hasta el momento un tanto inexplicable. Si les soy sincero, yo les veo bastante razón. 

Si es necesario culpar a alguien, culpo a mi familia. Estaba por cumplir la mayoría de edad y no lograba, digamos, encamarme con nadie. ¿Había un problema con eso? ¿Dañaba a alguien? A nadie más que a la idea de lo que, según yo, se esperaba de mí. Tenía diecisiete años, viéndolo con la distancia no había alarma en eso, no había error alguno, y a su vez me lo reprochaba.  

No daré demasiadas vueltas. Pero mi familia siempre estuvo conectada con lo que yo diría que es eso que no siempre se ve. Ante cualquier problema de la vida era lo mismo. Caminar hasta un lugar que parecía desfasado al resto de la ciudad, una dirección de una calle que, hasta no estar en ella, uno no se enteraba de sus existencia. Lugares habitados por personajes que desafiaban sus propias viviendas. Demasiados altos para vivir ahí, muy gruesos para una casa tan delgada. Sin ir más lejos, recuerdo mis clases particulares de matemáticas con un profesor que solo me recibía a una hora exacta. El profesor vivía bajo el suelo de una casa cuya familia no sabía que tenía un huésped en el subsuelo. Tuve un pediatra del cual juraría que tenía un ojo extra en la frente que permanecía cerrado para “disimular”. Quizá esperaba que creyéramos que sobre sus cejas había solo una frente y nada más. 

Esa vez el dato me lo dio un primo. Me acompañó hasta el lugar y, ¿cómo no?, al rato me vi ingresando a un edificio rojo que tenía pisos y pisos hacia arriba. Muchos bares a su alrededor, de hecho mi primo me esperó en el bulevard de uno de estos. Claramente tenía que entrar solo, estas cosas siempre son de a uno. A diferencia de las casas y locales vecinos, La imponente torre tenía todo los pisos que le faltaban a los otros establecimientos y aún así tuve que bajar por una escalera al entrar para dar con recepción. No me extrañaba, pero me hinchaba las pelotas. 

En el enorme lugar, rojo por dentro rojo por fuera, me acerqué a un mesón donde un hombre con alas en la cabeza me hizo esperar. Se dirigió a una puerta que bien pudo ser de un ascensor y desapareció, hasta donde sé, de mi vista. Entonces esperé unos segundos con aspecto de minutos. Minutos que avanzaban a paso tortuoso. Demás está decir que quise irme de ahí muchas veces, pero en estas cosas siempre es mejor quedarse, por cobardía uno siempre aterriza en problemas mayores. 

Escuché música de antro acompañado de un aroma a uva, pero no supe de dónde venía. Me hubiese gustado esperar ahí hasta recibir el llamado del recepcionista. Estaba de pie en la puerta por donde había ingresado, en la cima de la escalera por la cual bajé. Subí odiando a mi primo escalón por escalón.


– Afrodita lo atenderá en un momento – dijo -ingrese aquí y póngase cómodo. 

Cruzando el umbral esperaba encontrarme con la calle pero di con lo que parecía el interior de un ascensor sin botones ni movimiento. Me llevé las manos a la cara del enojo solo para encontrarme con otra habitación al abrir los ojos. Lo más probable es que pasé de ahí a uno de los pisos perdidos en el cielo. Es posible que estuviera más cerca de lo desconocido que de las calles de mi ciudad. 

Y de la habitación puedo decir que era hermosa por todo lo que no era. Unas luces aladas (hasta donde sé) circulaban arriba… o abajo, no estoy seguro. No habían ventanas más si había una puerta muy alta que se abrió de un momento a otro. Me incorporé al notar que alguien entraba. Un aroma a manzana me hizo caer de bruces. 

Alta como un monumento tomó mi cabeza con sus manos y la aproximó a su cuerpo. Sentí lágrimas correr por mis mejillas cuando descifré el sabor a granada de sus labios. Al principio sentí confusión, confusión de no saber de dónde provenían esas lágrimas, si venían de la tristeza o de la felicidad. Venían de otro lugar, ahora lo sé, no se necesita pensarlo mucho, más aceptar lo que eran, un resultado natural de lo improbable. Me envolvió con sus brazos y quitando mis pantalones observó mi erección (jamás tendré una igual a esa), posó sus labios. Solo un beso, como los de despedida. Eso bastó para explotar. Morir y nacer, ser y perecer. Todo centrado en un punto. 

Experiencias tan poderosas, si se comparan, logran que pasar los días de esta vida se vuelve una actividad desolada. Tocar lo divino y seguir con esta vida debería estar prohibido. Pude afirmarlo incluso en ese momento en el que  se montaba sobre mi vientre. Jamás podría recuperarme, a pesar que eso fue solo un mero preámbulo. En este instante de la historia donde tendría que proceder a narrar como fue culiar, digamos, a lo divino. Pero no, eso nunca ocurrió.

Lo que empezó como un ronroneo pronto fue un rugido y luego un terremoto. Un crescendo que bien podría ser un tren o bien una aluvión, una marea que subía como la piel cuando se ruboriza furiosa.

Tienes que salir de acá, me dijo mientras ambos entrabamos en pánico. Me puse de pie buscando mi ropa. Las murallas cedían mientras que la diosa me apresuraba. En la semi oscuridad de ese terremoto me calcé la camisa que fue lo único que pillé. Delas luces aladas, supongo que se dieron a la fuga, no las culpo. Yo también buscaba una salida. Ella me seguía apresurando y cuando pregunté que sucedía, dijo: 

– Es uno de mis amantes. 

De dimensiones gigantescas y humeantes, lazando bufidos por cada poro el sujeto derribó uno de los muros. Quizá lo hizo con ese casco que traía puesto, no estoy seguro. Afrodita abrió una puerta improbable. Una puerta adecuada a su tamaño. Yo hubiese tenido que saltar para poder dar con la manija. Sin nada más puesto que mi camisa escapé como el adúltero que me había convertido 

Lo siguiente que recuerdo es verme correr. Correr por unos pasillos de los que no conocía destino. Escapar de ese celópata y de su lanza pulverizadora. 

Más de alguno pudo verme correr sin pantalones por la calle sólo porque a mitad de camino el recepcionista abrió una puerta. Muy tranquilo, muy sereno me dio las buenas tardes cuando salí. Noté que también tenía un par de alas en los zapatos. 

A mis espaldas, la destrucción. No miré hacia atrás, la expresión en la cara de mi primo lo dijo todo. Si me dijo algo, no lo sé, si mi primo me preguntó algo, no estoy seguro. Lo único que pude decir fue: ¡CORRE HUEÓN, CORRE!

Mi primo y yo zafamos. Se podría decir que la saqué barata. Con respecto a la calle Homérica, se ha recuperado bien con el tiempo a pesar que estuvo mucho tiempo como un terreno lleno de polvo, ni siquiera escombros, solo tierra molida. A excepción de mis padres, no he vuelto a tomar contacto con mi familia. Si quiero resolver algún problema, lo hago bajo las vías de un ciudadano de pie. Nada de calles desconocidas, ni personajes pintorescos. No recurro a nada que no sea más que un ser humano.

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