La niña de los zapatos azules by Karol Postigo

Mía ya sabía que en su casa nunca podía ponerse sus zapatos de color azul, porque esos eran los que hacían que sus pies se hincharan a tal punto que los dedos se salían por las rendijas del calzado y estaba obligada a usar pantuflas por el resto de la semana. Siempre que iba a la zapatería con su abuelita a comprar zapatos nuevos veíalo hermosos que eran los de color azul; zapatillas con puntos azules, chalas para meterse al agua de color azul, botas de lluvia de color azul!

-ay! son tan hermosos…- pensaba Mía con los ojos brillantes mirando las vitrinas.

Ese día, cuando su abuela conversaba con una señora que no veía hace años, Mía venció el miedo que le daba quedar con el pie hinchadísimo por usar un zapato de color azul y mientras nadie la veía se escabulló entre los montones de zapatos y los vio…ahí estaban! tan hermosamente azules! el par de zapatillas blancas con lunares azules, esos que salían en la tele y que tanta ilusión le hacía poder probárselos aunque fuese una vez en la vida.

Se sentó en un asiento de la vieja zapatería -de esos que tienen tapiz de cuero y esponja debajo para darle elegancia- y frente al espejo a ras de piso -de esos donde sólo te ves los zapatos- se los puso, y no sólo eso sino que dio unos pasos y los modeló igual como en la tele. Sus mejillas se enrojecieron de felicidad y en su cabeza sonaba la canción del comercial que las promocionaba:»blue blue blue, blue star blue» no paraba de tararear.

Comenzó a dar vueltas de felicidad, en su vista sólo habían luces de escenario, todo a su alrededor se transformó en tonos fosforescentes que mezclados con el olor a viejo de las tablas del piso de la zapatería lo convertían en una especie de alucinación que de un momento a otro se convirtió en negro.

Todo estaba oscuro… y olía a perfume de caballero, ¿perfume de caballero? pensó. Abrió los ojos sobresaltada y vió a su abuela y un montón de personas encima de ella mirándola con cara de terror.

-¡Qué le pasó a sus pies!- gritó una señora

-Mamá, ¿es un monstruo? ¿lo puedo tocar?- decía un pequeño que miraba sorprendido la escena.

Y sí, sus pies habían crecido a tal punto que prácticamente reventaron la súper zapatilla de sus sueños. Años después, paseando una fría tarde por la playa con un amigo especial, entre coqueteos y primeros sonrojos de pudor, vio como un perrito pequeño andaba perdido en la playa. Sin pensarlo corrió cerca de la orilla para alcanzarlo pero el pobre -seguramente traumado por malas experiencias- en un acto sin sentido se acercó aún más a la orilla así es que ella acto seguido mojó sus zapatos. Sin dudarlo el atento enamorado acudió a ayudarla y sin dar espacio a un «no» por respuesta le ofreció sus blancas zapatillas. Blancas… con dos líneas azules al costado.

Mía embriagada de pubertad y mariposas en el estómago las aceptó feliz pero… ya saben… al poco andar sus pies comenzaron a agigantarse y antes de que su acompañante pudiera entender lo que pasaba se fue corriendo por la playa hasta desaparecer entre las dunas.

Luego de su ceremonia de titulación, todas sus amigas de la universidad se juntaron en la casa de una de ellas para arreglarse antes de ir a la fiesta gala que era parte de la celebración. Su hermoso vestido con flores era despampanante y su madrina le había regalado unas delicadas chalitas negras con un brillante en la correa que rodeaba su tobillo. Realmente era una belleza. El evento fue fenomenal, tanto así que al final todos los asistentes bailaron hasta el amanecer embriagados en ron, paz mental, desenfreno y otras sustancias. Al irse del local Mía comenzó a buscar sus bellas chalitas, que habían quedados tiradas por ahí para poder bailar mejor. Con la vista nublada y la cara llena de gracia se puso las chalas que encontró más parecidas. Efectivamente eran negras, perodebajo de la suela tenían una marca azul sin sentido. Los doctores en urgencias creyeron que era algún extraño efecto de una droga desconocida o una reacción alérgica a una mezcla indecente de alcohol. Ya sabemos lo que pasó.

Sólo por vergüenza nunca fue donde un especialista a tratar su problema, al contrario generó una extraña atracción hacia los zapatos azules, gastaba todo su sueldo en zapatos azules en todos sus tonos, con plumas azules, rayas azules, cordones azules, brillos azules.

Era imparable.

El día en que conscientemente empezó a ponerse zapatos azules todos los días, pensamos que se había vuelto loca, que le gustaba sufrir, que lo hacía porque quería, que se merecía todo lo que le estaba pasando o le iba a pasar, que las mujeres que se ponen zapatos azules -aunque saben que sólo las hacen sufrir- son tontas. Sólo cuando estábamos en el funeral nos dimos cuenta de que nunca entendimos -ni ella- y que quizás jamás entenderemos lo difícil que es dejar lo que nos hace mal

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Compartido texto en el grupo de 5000 seguidores de FaceMasticadores

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s