Una espada en la oscuridad by Brian Sanjurjo

 La luz triste de luna se colaba por el ventanal y caía sobre los muebles de la sórdida habitación dándoles un aspecto fantasmagórico y hostil. La noche estaba avanzada y un mutismo irritante dominaba el ambiente. Desde hacía como una hora que las ranas que se asentaban en la ribera del arroyo habían dejado de croar. Fue después de escucharse el aleteo y el seco golpe sobre el techo, como si una ingente ave hubiera aterrizado encima de la casa, que para Will la vida se detuvo en todo Turín. Intimidados, cada uno de los animales y roedores de la granja se mantenían rígidos con la intención de no provocar ningún ruido. Sentían una presencia maligna, y eran dominados por un temor que le roía las entrañas. Ni los grillos molestaban. Hasta la brisa no se atrevía a mecer las ramas de los árboles.

 A Will la situación lo sofocaba. Sentado en la orilla de la cama, miraba atento las cañas podridas del techado, ayudado por el tenue resplandor de un candil. Había estado durmiendo tranquilo, relajado, con el cansancio que le dolía en el cuerpo, por causa de haber estado en la tarde cosechando los melones que con tantas ansias había esperado que maduraran, cuando se despertó sobresaltado por el estremecedor y estentóreo impacto que hizo crujir las viejas cañas del techo de su escueta casa. Al instante oyó pasos, y por momentos pensó que las cañas cederían por no soportar semejante peso. Algo o alguien se movía allá arriba, y por ello encendió el candil a la espera de que le sucediera un evento atroz.

 La transpiración le corría por la espalda por el miedo que le subía por los pies, emulando una sombra que serpeaba por sus tobillos alcanzándole las rodillas, subiendo con un movimiento gélido de serpiente ponzoñosa, restregándoles sus escalofriantes escamas por la piel, y así, trepándose, hasta llegarle al pecho y zarandear sin piedad su desesperanzado corazón para continuar con su mente y atormentarlo con pensamientos e imágenes hórridas, invadidas de miembros llagados que vomitaban sangre y cuerpos mutilados y esparcidos en un lúgubre campo de horror. Y en ese instante, en que se encontraba abstraído en delirantes pesadillas, un nuevo golpe en el techo lo llevó a un delirio real. Eran estocadas que provenían del lado del comedor. Y Will no tardó en comprender que ese individuo estaba abriendo una brecha para bajar e ingresar. Y sin pensarlo, tiró el candil y se acostó en su cama tapándose de pies a cabeza con una sucia y desteñida sábana. Algo cayó al suelo del comedor, al igual que un saco de papas. Unos pasos firmes y marcados repercutieron por cada rincón de la casa. Will se lamentó al recordar que no había trabado la puerta de su habitación. Los pasos se oían con mayor nitidez; cerca, más cerca… la puerta se entornó y el chirrido de los goznes oxidados invadió el cuarto. Hasta que Will no se pudo aguantar y se destapó la cabeza, y por causa del pálido resplandor de la luna vio que una espada centelló en la oscuridad. Plateada, con un brillo tenue se mostraba soberbia, sujetada en la empuñadura por unos dedos lívidos y huesudos. Y una fila de dientes blancos, aparecieron por detrás formando una sarcástica sonrisa. Will se tragó el grito y sintió que desfallecía. No lo podía creer: una ominosa sombra alada lo amenazaba con una punzante y aguda espada. Su mente lo azotaba con preguntas de que si eso era real o un sueño. Con suavidad tomó la sabana y se cubrió la cabeza. Aún sudaba por el miedo y por el tedioso calor de la noche veraniega.

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