Un cambio de cuerpo by Brian Sanjurjo

César se sentía confiado, se acostaba con la esposa de su hermano mayor, Pablo, sin remordimiento ni preocupación. Estaba enamorado, y como suele suceder en esa situación, no era consiente de hasta dónde podían llegar las consecuencias de sus acciones. No tenía miedo de ser descubierto, porque Pablo siempre se hallaba ocupado atendiendo la tienda de objetos antiguos o usando su astucia de buen negociante en los remates de reliquias. Nunca tenía tiempo para Catalina, su mujer. A veces, hasta estaba fuera del país por semanas, porque, según él, no podía perder las herraduras que usó el caballo de Napoleón en la batalla de Waterloo o el catalejo que llevaba consigo Francis Darke cuando navegaba en las aguas del Caribe. Se la pasaba de subasta en subasta peleando con otros anticuarios por relojes de la época Victoriana, los libros con escolios de Oscar Wilde, entre otras cosas. Y fue por ese abandono que una tarde, en la que César encontró llorando a Catalina porque se sentía sola, que estalló la chispa, y el fuego del deseo se encendió envolviendo a los dos en un huracán de besos, miradas, caricias, placer, aventuras y confidencias.

Los dos adúlteros enamorados, no tenían cuidado de anunciar su pasión dentro de las paredes del departamento del ausente. Entre las efigies sumerias, los lienzos renacentistas, los astrolabios, mapas y brújulas de navegantes españoles del siglo XVII, y demás piezas que agrandaban la colección de Pablo, los amantes, sin remordimiento alguno, se desnudaban e iniciaban el frenético rito de la lujuria, impulsados por un sentimiento que iba más allá de toda condena. Pero por miedo a la furia de Pablo, los encuentros se daban en secreto. Y parecía que nadie sospechaba ni siquiera su hermano, quien, en los breves intervalos en los que regresaba del trabajo o de sus viajes, actuaba con normalidad, siempre hablando de sus éxitos en las licitaciones.

Y ni César ni Catalina se sentían culpables ni creían que tenían que arrepentirse de lo que hacían. Además, como el marido nunca la volvió a tocar después de la noche de bodas, ella se justificaba porque creía que él tenía una amante o un amante, y hasta se llegó a creer por varias semanas el disparate que un anciano barbudo le dijo, que su esposo en verdad era miembro de una secta llamada “Los Espirituales” los cuales engañaban a la gente predicando las leyes del Amor, pero que en realidad las utilizaban para pasar sus viejas almas a los cuerpos de las jóvenes víctimas que caían ante sus palabrerías para así ser inmortales. Cuando se lo contó a César después de uno de los encuentros, él se burló tanto de su ingenuidad que no volvió a hablar del tema hasta que se lo olvidó por completo.

Y debido a esa desmedida confianza, César no sospechó nada la noche, víspera de su cumpleaños, en que le llegó una caja oblonga, traída por cuatro hombres que decían ser enviados por su hermano mayor. Y luego de dejarla apoyada contra la pared del comedor, antes de marcharse, uno de ellos le dejó una nota a César. Éste reconoció la letra de Pablo, el cual lo felicitaba por los merecidos veintiocho años y que le disculpara por adelantarse y porque no estaría en la celebración por temas del trabajo, pero que recibiera su regalo como una muestra de afecto y de gratitud hacia un hermano tan fiel. Y sin reparar en la ironía, César abrió la caja, descubriendo un extraño espejo de cuerpo entero, el cual, en vez de reflejar su imagen, le mostró una alargada sombra que tenía un rostro lívido, demacrado, con llagas supurantes y unos ojos blancos sin párpados que al verlos comenzaron a emanar una gélida bruma. Horrorizado, César dio contra el suelo, y antes de perder la conciencia, escuchó la pavorosa voz de Ella que le dijo: “Yo y el Tiempo uno Somos”.

En la pesadilla se reencontró con ese terrible rostro. Desesperado César comenzó a correr, y la Sombra iba tras él, gritando: “Los encontraré, aunque se escondan en las entrañas de la tierra o en el fondo del inmedible mar. Nosotros iremos tras sus pasos y las tinieblas no resistirán nuestras fulgurosas miradas. Somos el acero agudo de los enfrentamientos de sangre, los que guiamos al dardo y los colmillos del áspid. Y cuando sea el momento, Él me acompañará y me dará la orden, y Yo actuaré. Porque Yo y el Tiempo uno Somos”. Ese era el amenazador clamor de la Muerte. Y sin poder evitarlo la oxidada guadaña lo alcanzó, y al despertar, César era otra persona, porque después de unas semanas se volvió el anticuario más adinerado, y se casó con la mujer de su hermano mayor, quien murió esa misma noche, en la víspera de su cumpleaños.

Un comentario sobre “Un cambio de cuerpo by Brian Sanjurjo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s